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La esperanza viene sobre ruedas (Foto: Elena Parreño)

España: El mejor domingo

Publicado: 2020-04-26

Hoy en España, tras más de 40 días de confinamiento, los niños y niñas entre 0 y 13 años podrán salir a la calle a pasear y jugar por una hora diaria, a una distancia máxima de un kilómetro desde sus casas y bajo el cuidado de un adulto o adulta a cargo. Tras más de 40 días podrán llevar su patinete, sus muñecos, su trompo (los que sean criados a la vieja escuela, que los hay) y podrán ocupar las calles.

Llevo días pensando en estos niñas y niñas que por el Covid19 y las medidas implementadas para hacerle frente han asumido con una responsabilidad digna de aplauso las normas del confinamiento. A veces, quienes no tenemos hijos o hijas, no estamos tan al pendiente de lo que supone para los y las pequeñas la realidad que estamos viviendo. Gracias a una amiga entrañable de las que no se para nunca en un pedestal de superioridad ni soberbia, sino que sabe narrar desde la empatía las realidades, llevo pensando en los y las pequeñas con más empatía que nunca.

Pienso en mi generación. La que cumplía 5 ó 6 años en el 92. La que no conoció hasta sus seis años las ventanas sin cinta scotch diagonales por prevención a ser reventadas por una bomba. La generación que en el cole sabía antes de simulacros de atentado que del abecedario. La que sabía el lugar exacto donde se guardaban las velas en casa y la cajetilla de fósforos. La que aprendió a entender la oscuridad como una cotidianidad. Y, en clave individual, si algo me dejó de regalo esta realidad fue que aprendí a tocar piano sin ver las teclas. Apenas con un poco de luz de vela y mis ensayos se hicieron al oído. Las piezas iniciales del libro de Thompson fueron los primeros pentagramas que aprendí a fuerza de no poder leerlos al practicar. Desarrollé el oído, la memoria y, años más tarde me valió el aplauso de mi profesor de piano en el conservatorio pues valoraba mucho que no me hiciera falta ver el teclado para tocarlo. Anécdotas fortuitas producto de una historia mucho más profunda.

Hay eventos que marcan a algunas generaciones y sin duda creo que lo que vivimos nos marcará a todos y a todas, pero pienso en cómo está marcando a los pequeños y pequeñas. Pienso en la historia que me contó otra amiga, sobre su hijo de cuatro años que de ser el parlanchín y saltarín de la casa se ha convertido en un reloj infalible. Todas las tardes, diez minutos antes de las ocho, se acerca a la ventana a esperar el inicio de los aplausos del barrio. “Tal vez su único momento de socialidad con el afuera”, me dice ella. ¿Cómo vive por dentro esta particularidad un niño que no logra verbalizar del todo lo que está sintiendo? Pienso en otro sobrino, el hijo de otra amiga que en uno de sus escritos ha contado que a fuerza de no salir se ha acostumbrado -y casi parece preferirlo- a quedarse en casa. Las paredes se han hecho un nuevo mundo para él, un mundo donde sigue conquistando los rincones a su antojo, inventando historias, personificando superhéroes. ¿En qué superhéroe piensa un niño en estos momentos? ¿Uno que sobrevive el confinamiento? ¿Uno que tiene el súperpoder especial de no contagiarse nunca? ¿Uno al que el traje especial le lava automáticamente las manos cada cinco minutos? Pienso, finalmente, en la hija de la amiga de las que les hablaba al inicio. En su “eres la mejor mamá del mundo” cuando mamá le prometió que saldrían de casa pronto.

En España, la promesa, por fin se ha cumplido hoy.

Seguro es poco. Una hora es nada. Seguro es difícil. Decirle a un niño que no se acerque a otro es tan difícil de explicar que ya me imagino algunas lágrimas en la calles. Seguro es duro porque ninguno de ellos ni ellas pueden entrar en las zonas de juegos infantiles pues son consideradas zonas de contagio y son lugares a donde muchos añoran volver: a sus arenas, sus columpios y toboganes. Es poco. Es casi nada. Llevo días pensando en lo poco que es mientras preparábamos los materiales para el anuncio de la medida, pero hoy, pese a mi temor por todos los límites de esta medida que empieza a aplicarse, he caído en cuenta de que no era del todo consciente de lo que significaba realmente permitirles abrir sus puertas a los y las pequeñas.

Ninguno se enfoca en la duración del paseo, sino en la posibilidad de pasear. Mis amigos y amigas, algunos los he citado aquí, comparten las fotos de su hora de salida con los y las hijas y me tienen conmovida -tal vez por primera vez en estos cuarenta y pico días de confinamiento- toda la mañana. De pronto la medida no es poca, no es corta, no es insuficiente (que lo es), sino simplemente necesaria y agradecida. Los y las niñas, respetando las medidas de distanciamiento social, han salido a ocupar un ratito esas calles que significan más que pavimento: libertad, universo, creatividad, vida, normalidad.

La bicicleta de Carme (4años) lista desde la noche de ayer por ella, su padre Y sU madre. Una bicicleta Como premio a  la resistencia.

Cuando hablamos de hacer frente a esta crisis algunas mencionamos mucho el factor humano. Hablamos de proteger a los y las más vulnerables, de cuidar a quienes menos tienen, de garantizar derechos para todos y todas y no solo para quienes pueden pagarlo, de colectividad y solidaridad entre nosotras y nosotros, de volver a mirarnos. Y ese factor humano, ese factor que nos interpela directamente, es perfectamente traducible en las políticas que se aplican. Hablar de bono universal no es hablar de sumas y restas, es hablar de platos de comida para tantos y tantas niñas en sus hogares. Hablar de impuesto a la riqueza, no es hablar en términos fiscales únicamente, sino hablar de empatía y solidaridad garantizada desde el estado entre los ciudadanos que más tienen (amén de privilegios muchas veces injustos) con quienes menos tienen (amén de la desigualdad estructural). Hablar de las salidas posibles a esta crisis es hablar de la gente. De cómo cuidamos a la gente. De cómo nos cuidamos y abrazamos entre todos como única vía de ganarle al virus.

Hoy, han salido los niños en España. Muchos y muchas de ellas han contado con detenidas y rigurosas explicaciones en casa antes de ocupar las ciudades. Mi amigo del alma, Héctor, ha preparado la bicicleta de su pequeña la noche de ayer y la han dejado en la puerta como recuerdo de que hoy es una celebración a la resistencia de una niña de menos de cuatro años que ha despertado más emocionada que en la mañana de reyes. Mi amiga Elena, ha visto a su hija subirse a los patines y volver a casa tras su hora de paseo como si fuera otra persona.

Tal vez esta es la mejor y única forma de vencer a la pandemia. Recuperando la esperanza en que saldremos de esta. Una esperanza que hoy en España tiene el rostro de niños y niñas cuya sonrisa es, sin duda, la mejor de la las políticas.



Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Feminista, lingüista, trabajólica y miope. 100% peruana.


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Altoparlante

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