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ultraderechistas haciendo el saludo fascista en UNA manifestación convocada en madrid hace unas semanas (efe)

Yo vi crecer a la ultraderecha

Yo vi crecer a la ultraderecha. Oí cómo celebraron. Miré atónita los resultados que debería haber anticipado como muchos y muchas, como todos y todas. Porque vi todo el proceso y aún así me sorprendí el domingo con un conteo electoral que no se me irá de la cabeza.

"¿De qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina?

Bertolt Brecht

Publicado: 2019-11-13

Yo vi crecer a la ultraderecha, los vi copar minutos en todas las televisiones y me enfadé cuando en algunos medios de comunicación no hubo ni un reparo frente a sus cifras falsas, sus bulos, sus análisis de meme, su discurso simplista cargado de odio y discriminación. Yo vi crecer a la ultraderecha en los platós televisivos de los que alguna vez aprendí algo. Espacios que miraba con atención crítica pero consciente de que ejercían cierta pedagogía. Miré con las gafas de quien ha hecho periodismo y me preocupé -tal vez no lo suficiente- cuando vi que en aras de los índices de audiencia o de simple incapacidad profesional aseveraciones como “hay más violaciones cometidas por extranjeros que por españoles” o “el feminismo enfrenta a mujeres y a hombres”, etc. fueron expuestas en estos platós y seguidas de un silencio más cómplice que de desconcierto. La vi crecer cuando se evitó hablar de “ultraderecha” primero y de “fascismo” después. Cuando se naturalizó su presencia y sus discursos en aras de una mal entendida “libertad de expresión”.

Yo vi crecer a la ultraderecha cuando los índices de paro y de temporalidad laboral se volvieron una norma. Cuando tener un contrato indefinido y derechos laborales se convirtió en un privilegio de pocos. De cada vez más pocos. Cuando entre el Partido Popular y el PSOE se enrostraban las cifras que deberían avergonzarlos tratando de vanagloriarse de unas décimas menos o más, como si hubiera alguna buena noticia que contarnos. La vi crecer cuando el bipartidismo se turnó no sólo en el poder, sino en la aplicación de la misma receta económica que nos ha traído hasta aquí. Cuando los defensores de las clases trabajadoras dejaron de hablar de nosotras y nosotros para decir palabras como “estabilidad” y “orden”. La vi crecer cuando la derogación de la reforma laboral fue guardada en un cajón pese a ser una promesa de campaña sin que hubiera ni autocríticas ni pedidas de perdón.

Yo vi crecer a la ultraderecha en Cataluña cuando por rascar algunos votos, ciertos partidos políticos olvidaron que su responsabilidad es con un país entero y sus gentes y no con sus beneficios en las urnas. Cuando el Partido Popular y Ciudadanos, con el apoyo del PSOE, aplicaron un 155 y apostaron por judicializar un conflicto que siempre reclamó lo que hasta ahora no llega: diálogo. Vi crecer a la ultraderecha el día en que catalanes y catalanas pusieron urnas en colegios electorales y recibieron represión y porras que dieron la vuelta al mundo. Algo que ocurrió hace tan solo dos años, pero que hoy parecemos haber olvidado. Vi crecer a la ultraderecha el día en que un “viva España” se convirtió en arenga defensora de represiones, mano dura y cerrar las puertas a una Cataluña donde siguen conviviendo quienes quieren irse y quienes no. Vi crecer a la ultraderecha en cada polarización encendida tácticamente por quienes debían representarnos en lugar de enfrentarnos.

Yo vi crecer a la ultraderecha cuando las derechas de este país (Partido Popular y Ciudadanos) la abrazaron como a una más. Como si su discurso de odio, su negacionismo al cambio climático, su afrenta contra el feminismo y una lista larga de perlas, dejó de ser un problema para pactar con ella. Cuando dejaron de ser  derechas dentro del tablero democrático. Cuando, nuevamente, en aras de sobrevivir y de rascar votos, lanzaron la constitución por la ventana, los principios por las tuberías y la democracia por la chimenea. Vi crecer a la ultraderecha cuando pactaron con ella y le permitieron ser gobierno en Andalucía, Murcia y Castilla y León. Cuando la foto de Pablo Casado (PP), Albert Rivera (Cs) y Santiago Abascal (Vox) juntos en la Plaza Colón dio el pistoletazo de inicio al "todo vale". La vi crecer cuando la blanquearon en las instituciones. Y ya no sólo crecía, sino que lograba tocar poder y hacer que algunos gobiernos dependieran de sus antojos. 

Yo vi crecer a la ultraderecha el día en que Santiago Abascal participó en un debate electoral. Cuando llegamos a ese punto ya ni nos cuestionamos si debería haber estado o no presente. Cuando llegamos a ese punto la ultraderecha había crecido lo suficiente para que ni nos lo preguntásemos. La razón parecía lógica “tenían representación parlamentaria” y de pronto cualquier otra argumentación que nos permitiera cuestionar al menos el hecho pasó a un segundo plano. Esa visión institucionalista, esa paradoja de nuestra propia democracia, le permitió a Abascal ganar sólo con estar ahí presente. Y habló de los inmigrantes, nos quiso separar en migrantes de primera (latinoamericanos) y segunda clase, habló de ser más duro con Cataluña, se explayó en su patrioterismo del odio y se burló de la memoria. Y, nuevamente, desconcierto en forma de silencio. Apenas un candidato atreviéndose a enfrentarle, pero era tarde. Ese día vi crecer a la ultraderecha. Y ya era bastante grande.

Yo vi crecer a la ultraderecha durante la última campaña electoral, cuando el enfado lógico de esas mayorías que sobreviven en la incertidumbre de saber si podrán vivir el día de mañana, decidió hacerse oír pues desde la política, los políticos, no lo hacían. Cuando por la tozudez e irresponsabilidad de un presidente en funciones que no quiso entender que no podía gobernar en solitario porque las urnas así lo habían decidido, tuvimos que ir a nuevas elecciones. Cuando el enfado se transformó papeleta y en voto del cabreo. Cuando el “ya está bien de no pensar en mis urgencias” se tradujo en un “os váis a enterar”. Y no puedo culparlos, no pretendo tachar ni de ignorantes ni de fachas a quienes han votado, por las razones que fueran, por un partido que claro que es fascista. Porque eso también sería volver a hacer crecer -aún más- a la ultraderecha. Porque eso sería mirar desde un púlpito que no me corresponde. Eso sería no asumir mi propia responsabilidad en el crecimiento en gerundio que vi de la ultraderecha.

Y la vi crecer, pero no sola. La vimos crecer durante meses y, si me apuran, años. Y, por lo mismo, nos toca combatirla juntas y juntos. Porque la mejor manera de hacerlo es asumir que el domingo no fue una sorpresa sino una consecuencia de muchas variables. Por eso es necesario un gobierno responsable, fuerte y progresista que acabe con los dolores cotidianos y las incertidumbres vitales de la mayoría de este país. Por eso es necesario diálogo en Cataluña en lugar de más políticas de ojos cerrados y de incendio. Por eso es necesario, más que nunca, que tú y yo y todas quienes vimos crecer a la ultraderecha hagamos política. Hoy más que nunca. Desde donde estemos y como podamos. Porque la vimos crecer, pero no podemos permitirnos verla vencer.




Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Feminista, lingüista, trabajólica y miope. 100% peruana.


Publicado en

Altoparlante

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