no tiene chats blindadores

Erotizar el consentimiento: nuestro NO es siempre NO

Publicado: 2019-02-07

He seguido a la distancia, y por tanto fundamentalmente por redes sociales, el caso del acoso que ha sufrido Marisa Glave y me he escandalizado tanto con el hecho en sí, como con la respuesta furibunda en algunos casos y displicente en otros. La mesa de reacciones está servida: hay quienes niegan que exista acoso (sic) contra las mujeres, hay quienes normalizan la práctica disfrazándola de “galantería” o incluso “de hacerle un favor” a la mujer que es víctima de ello, hay quien ironiza con el “ahora no podemos decirle nada a las mujeres” y quienes directamente acusan a Glave de exagerada, histérica y demás adjetivos. Es lo que tiene el empoderamiento feminista, genera reacción, por no decir “reaccionarios”.

Pero quiero ir un paso más allá de la indignación inmediata que es lo que me pide el cuerpo. Veo las respuestas de los hombres que parecen sentirse agredidos cuando se les dice que no tienen el derecho de opinar sobre nosotras, insistirnos si dijimos que no, seguirnos ya sea digital o físicamente, etc. y me viene a la cabeza la misma frase: erotización del consentimiento.

Esta reflexión va para los hombres y mujeres (que también las hay, claro) que parecen ver un gris en el tema del consentimiento. Pensemos en la mal definida “galantería”, por ejemplo. Magda Goldín, feminista argentina, señala que “el erotismo occidental está atravesado y construido a imagen y semejanza por la cultura de la violación.” Claro que sí. No se entiende de otro modo que la idea tan machista como perversa de que cuando las mujeres decimos que “no” en realidad es un “sí” sea tan extendida. Vuelvo a Goldín “un ‘sí’ de una mujer se sanciona, pero un ‘no’ provoca la reiterada insistencia masculina y así vamos cultivando y reproduciendo inter-generacionalmente mensajes que alimentan el erotismo en torno a la cultura de la violación."

Toca un trabajo de deconstrucción tanto individual como colectiva y social. Cuando nos dicen con enfado o sorna que “ya no nos podrán decir nada a las mujeres” hay que ser capaces de responder sin medias tintas: “Claro que no. Nunca debiste.” Pero, aquí está la clave, no es sólo un tema sancionador, es también y sobre todo un trabajo de deconstrucción que erotice nuevas formas (feministas) de interacción, de gileo, ligue, coqueteo, flirteo o como queramos llamarlo. El placer y el deseo desencadenados por consentimiento y cuidado entre dos (o más) y no por la posesión, el control o la toma y despliegue de poder de uno sobre otro que suele ser siempre, por cierto, de uno sobre otra.

Angélica Motta, en una entrevista realizada por la gran Gabriela Wiener, da en el clavo al hablar del consentimiento como consigna política. Del poder y libertad de las mujeres de decidir si nos tocan, nos besan, nos hablan, etc. De un lado es necesario nuestro empoderamiento, pero, del otro, una nueva forma de entender, desde la igualdad y los cuidados, los códigos de nuestra interacción. Dicho de otro modo, que nada sea más rico que la conversación consentida, el coqueteo consentido, el sexo consentido, etc.

Por algo la palabra es con-sentido.

Y para esta tarea hacemos falta todas nosotras en nuestras luchas colectivas, pero también nuestra labor individual cotidiana (con lo agotador que esto resulta, lo sé) y, sin duda, los aliados que sean capaces de pensarse primero y deconstruirse después tanto en sus acciones individuales como en los espacios que comparten con otros hombres.

No es gileo, es abuso.

No es broma, es machismo.

No es insistencia, es cultura de la violación.


Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Feminista, lingüista, trabajólica y miope. 100% peruana.


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Altoparlante

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