no tiene chats blindadores

Rostro cotidiano en el mediterráneo. (Foto: la vanguardia)

El drama de la indiferencia

Trump y Salvini. Dos caras de la misma moneda. Un mismo motor: la xenofobia. Un mismo discurso: el miedo. Miles de afectados. Millones de espectadores.

Publicado: 2018-06-20

Recuerdo hace tres años cómo vivía horrorizada el drama de refugiados aquí en Europa. No es lo mismo leer sobre él a la distancia que sentirlo en las costas del país que habitas, chocar con las portadas de los medios al respecto y contar en tu cabeza ‘una patera con 12, dos pateras volcadas, una patera con cinco sobrevivientes’, etc.

Pero horroriza más la normalización de la inhumanidad. La costumbre y la cotidianidad de ese drama reducido a cifras, a nombres de la costa o el mar en que se narra la desgracia y, con suerte, a alguna declaración de un representante político.

Palacio de Cibeles. Madrid.

Por eso, cuando entramos en Ayuntamientos como los de Madrid y Barcelona, algo tan simbólico y potente como la pancarta con el ‘Refugees Welcome’ se hacía ilusionante y a la vez esperanzador. Pero sabíamos, y hoy lo sabemos más, que poco pueden hacer las ciudades por resolver un tema cuyas facultades principales  están en el gobierno central y, sobre todo, en el conjunto de gobiernos europeos.

En aquel 2015 tuvimos a Aylan y hoy, tres años más tarde, al Aquarius. Aylan fue la horrorosa imagen del drama que no queríamos ver. La foto de su cadáver pequeño en la arena, recorrió el mundo y todavía nos estremece. Nos desnudó totalmente. Nos hizo enfrentar la realidad y vernos como parte de ella. Las pateras empezaron a colmarse de rostros y nombre (como si alguna vez hubiera sido distinto) y el mar fue recorrido por historias y no por cifras. Pero nos duró poco. España siguió sin cumplir con su parte del acuerdo en la cifra de refugiados que le toca acoger, las políticas de migración continuaron defendiendo aquella valla de la muerte en Ceuta y Melilla, y las pancartas y buenas intenciones de los Ayuntamientos del Cambio siguieron siendo solo un oasis en un enorme desierto inhumano.

Este año, el Aquarius. Una embarcación con 629 migrantes a bordo que intentó entrar en costas italianas hace un par de semanas. Pero Matteo Salvini, ministro del interior italiano, hizo lo que mejor sabe hacer: exacerbación del miedo y demostración de xenofobia. Cerró las costas italianas al Aquarius y con ello dejó a su tripulación en riesgo de muerte. Se sabía desde entonces que las provisiones no durarían muchos días (si acaso una noche) y, nuevamente, el drama se hizo carne.

El nuevo gobierno de Sánchez en España es para mí una conjugación de deseos y temores. Sé de la mochila del PSOE y no me confío. Pero el gesto -que habrá que ver si queda en la anécdota o no- de abrir las costas al Aquarius nos devolvió lo que en estos momentos más necesitamos: humanidad. Este domingo llegaron sus tripulantes a las costas valencianas, pero hemos seguido su curso durante toda la semana. Hemos visto los vídeos de euforia cuando pudieron divisar las costas de las Islas Baleares y las celebraciones y rituales de agradecimiento en la embarcación mientras continuaban el rumbo. Hemos temblado con las imágenes de los más pequeñitos y esperado con el nudo en la garganta las noticias sobre las mujeres embarazadas a bordo (más de una de ellas ha dado a luz durante la travesía). Los telediarios han hablado del Aquarius, de su tripulación, de las políticas migratorias y, claro, del gesto español. Una vez más, el tema en la agenda. Una vez más, una oportunidad.

UN TRIPULANTE DEL AQUARIUS BRAZOS DE UN VOLUNTARIO DE MÉDICO SIN FRONTERAS. (foTO: oSCAR cORRAL PARA 'EL PAÍS')

Hay una diferencia entre Aylan y el Aquarius. Sobre uno solo quedaba llorar y avergonzarnos. Sobre el Segundo, actuar. Pero ahora viene lo difícil y a veces me temo que es justo cuando lo difícil llega a puerto que se cometen los más grandes errores o, peor aún, que los gestos dejan de tener peso. No basta con los gestos de humanidad en los puertos, hay que desbordarlos con políticas de inmigración concretas que pasen por eliminar las vallas que no disuaden a quien ya se siente muerto desde el otro lado de ella y por cerrar los Centros de Internamiento de Extranjeros donde encierran a quienes no tienen papeles. ¿El delito? Sólo ese. No tener papeles. Quien no ve xenofobia e inhumanidad también en este encierro que culmina en la deportación de quienes han dejado su vida al azar al cruzar el mar, no se enteró de nada y no merece ni llorar a Aylan ni aplaudir al Aquarius. No podemos separar lo uno de lo otro.

Hoy desde Bruselas se propone la creación de centros de refugiados fuera de la UE. No puedo evitar pensar en la similitud que tiene con lo que conocemos como  campos de concentración. No puedo evitar pensar que es de una hipocresía absoluta lamentar el drama pero ponerte de espaldas a él para que no afecte tu vista. No puedo evitar pensar que es la manera más inhumana de esconder el problema: invisibilizándolo. Nosotras, las mujeres, sabemos bien lo peligroso que es invisibilizar un drama. Y, sin embargo, esa es la receta mágica de Bruselas. Mirar de costado, juntarlos a todos allá a lo lejos, para que no sigan percudiendo nuestra cotidianidad con las pateras, las lanchas, los reclamos de asilo, las peticiones en la ONU, las cifras que toca a cada país acoger, las fotos, los gritos...

Esto, amigos y amigas, es Europa. Reformulo: ¿esto es Europa? ¿Ese continente que miramos desde América Latina con admiración por su sistema de bienestar, por sus democracias largas, por su institucionalidad robusta, por sus valores y principios, por sus servicios de calidad? Mucho se ha distanciado Europa de aquellos pilares que la fundaron. La solidaridad y la democracia se ven amenazadas hace mucho por la indiferencia generalizada y la xenofobia que ha entrado ya en varios gobiernos directa o asolapadamente. 

Pero la política del miedo, la xenofobia y la discriminación no tocan techo. Escribo esto porque no quería evitar denunciar la atrocidad de Trump en un contexto más amplio. Donald Trump es un xenófobo y un misógino y un autoritario. Y todo eso lo sabemos ya. En su escalera hacia los extremos más terribles ha subido un peldaño al iniciar una política de “disuasión de la migración” que solo puede ser calificada de tortura. Separar a más de dos mil niños y niñas de sus padres y meterlos en una jaula no tiene otro calificativo. Oírlos llorar durante la separación y dormirse agotados del llanto tras los fierros que componen ese claustro escarapela el cuerpo. Niños y niñas víctimas del lugar en que nacieron y las condiciones en que lo hicieron y, claro, su color de piel. Víctimas de todo aquello sobre lo que ninguno tiene control, sobre lo que todos recibimos de manera azarosa al nacer. Pero lo más triste de esto es que la condición de estas niñas y niños y sus padres y madres es totalmente legal. Es legal en EEUU esta tortura. Es legal este abuso y esta abierta violación a los DDHH. Es legal y está frente a nuestros ojos. Me pregunto si seremos capaces de no normalizar los llantos, los gritos, y las jaulas. Si seremos capaces de seguir sintiendo este asco de hoy, mañana. Porque no hay mejor herramienta que la sobreexposición de la violencia para que se normalice, se haga parte del paisaje y así, un día, deje de causar asombro.

Ese, amigos y amigas, es Estados Unidos. Y es legal esta práctica tortuosa visible.

DOS NIÑOS DUERMEN EN JAULAS. EEUU. AYER.

Toca preguntarse qué vamos a hacer. Porque EEUU y los países de la UE tienen embajadas en Perú a las que podemos pedir explicaciones y cuando menos la condena de algún acto. Porque tenemos acuerdos con EEUU y con diversos países de la UE que pueden servir para hablar de estos temas que son mucho más que una variable o, cuando menos, para ponerlas sobre la mesa. Porque deberíamos exigir que el Congreso de la República denuncie de manera institucional estas prácticas o, al menos, exigir que se debata al respecto de un pronunciamiento institucional. Porque lo de "exigir medidas" al Gobierno no basta, hay que ponerlas sobre la mesa. Porque podemos pedir que se declaren personas no gratas en el país a quienes impulsan y defienden estas políticas de terror. Porque podemos iniciar campañas de lucha contra el discurso del miedo y la xenofobia desde nuestro minúsculo espacio porque, en estos momentos de emergencia humanitaria mundial, no hay espacio realmente minúsculo.

O podemos mirar a otro lado. Seguir enfocados sólo en el mundial en lugar de usarlo también como palestra para alguna iniciativa, y condenarnos así a legitimar con el silencio y la indiferencia todos estos actos. Pero, ¡cuidado! lo que tienen las políticas del miedo, la discriminación y la xenofobia es que no conocen de fronteras. Hoy miramos a Europa y EEUU con horror pero mañana, muy pronto, podrían ser también nuestras costas. Pensemos en eso cuando tomemos la decisión de voltear el rostro y aceptar que se normalice este escenario que hoy nos causa terror.


Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Feminista, lingüista, trabajólica y miope. 100% peruana.


Publicado en

Altoparlante

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