no le saca la vuelta a la ley

"no te calles". no estás sola. la sororidad salva. Foto: kim anderson

Atreverse: por Parwa, por mí, por todas

Publicado: 2017-11-03

Hubo un tiempo en que callar era la opción más fácil porque creías que era la que te protegía. Ayer, cuando leí a Parwa en su valiente testimonio me sentí interpelada. Pocas veces te reconoces en el texto de otro. Pocas veces lees a alguien y recuerdas lo que te pasó. Más duro es aún admitir que si hace cuatro años callaste, tal vez la razón por la cual no logras dejar de tener miedo es justamente por eso, porque no te atreviste a hablar.

Pensaba en todo esto en la tarde de ayer luego de hablar con Parwa en una conversación telefónica que ha cambiado mucho mi vida. Pensaba en si era capaz de ser igual de valiente que ella o no. Quería tomar la decisión con calma, con la cabeza fría de los años que han pasado y la distancia que me aleja físicamente del Perú. Pero no tuve tanto tiempo. Alguien le comentó a Abraham Valencia que era probable que escribiera, aún cuando mi decisión no estaba tomada, y me vi envuelta en la historia por un mensaje que él publicó sin mi consentimiento. Una historia que por razones diversas había decidido mantener en la privacidad, era publicada por las redes y peor aún, se me pedía disculpas públicamente. En ningún momento Valencia intentó contactar conmigo para pedir disculpas privadas y sinceras, ni por whatsapp, SMS, Skype, Facebook, Twitter o todas las vías que existen para hacerlo. Lo hizo con la intención de detener lo que, sin duda, debe ser un mal trago para él, pero que no tiene punto de comparación con lo que al menos Parwa y yo hemos vivido por culpa suya. No puedo hablar por más mujeres, le corresponde a ellas, no a mí ni mucho menos a Abraham hacerlo.

Y con ese gesto, con esa nueva muestra de agresión, con esa actitud reincidente de pasar por encima de nuestra voluntad, de utilizar hipócritamente unas “disculpas públicas” para en realidad intimidar a quien quisiera hablar y sumarse a Parwa es que he decidido no callar más. Porque el tiempo en que me intimidaba y me daba miedo Abraham, ha acabado.

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Escribir esto no es fácil. Llevo horas sobre el papel en blanco con temblor en las manos porque sé que una vez que pulse ‘publicar’ no habrá vuelta atrás. Pero hay momentos en que no sólo sientes que te mereces darte un soplo de libertad valiente a ti misma, sino que eres consciente de que esto que vas a hacer es también un gesto responsable con la lucha que defiendes, un granito de arena invalorable que se suma a las miles de mujeres que por fin estamos empoderándonos entre nosotras y hemos decidido empezar a hablar. Está ocurriendo en muchos lugares en el mundo, en todos los campos profesionales, laborales y personales y asumo este deber como gesto de amor propio y de valentía y compromiso con las valientes que me han precedido. Valientes como Parwa que no son casos aislados.

Cuando una se encuentra atrapada en una relación violenta no es fácil ni darse cuenta. Durante todos estos años me he culpado, injustamente, por no haber sido capaz de notar en qué momento inició la espiral. Empezó con una cosa que parece tan absurda como que un día te diga “¡ay! la tontita” cuando comentabas algo serio y que ese se vuelva tu nuevo nombre “de cariño” en la relación. Luego, un día te dice “entré a tu correo de casualidad y vi que te escribes con fulanito”, te parece raro, pero como lo dice con naturalidad casi te parece más tonto que dejaras abierta la Tablet. Pero luego, un día te dice que no quiere que vuelvas a hablar con X o con Y porque son unos “pendejos”, aunque no los conozca y aunque sean tus amigos cercanos de toda la vida. Y si quieres discutirlo, te manipula diciendo que te ama demasiado, que no quiere perderte, que lo hagas como demostración de amor hacia él. Y de pronto, empieza a escribirte a cada minuto del día, a preguntar qué haces o con quién estás y si no contestas, te llama, y si no contestas, te grita al llegar a casa. Y un día, te das cuenta de que algo no va bien y te armas de valor y le dices “Oye, esto no me gusta, no me gusta que mires mi correo sin mi permiso” y entonces, te mira fijamente y te dice “eres una puta de mierda, si no miro seguro que te tiras a otros a mis espaldas”. Y te quedas en shock pero lo aceptas. Ya te has perdido a ti misma. Ya eres una víctima hace mucho y no te habías dado cuenta y tu autoestima es un pálido reflejo de lo que alguna vez fue. Y algún sábado por la noche te das cuenta de que estás aislada de tu familia y de tus amigos hace meses porque una relación así de tóxica demanda de ti cada minuto del día, las 24 horas. Una tarde cualquiera, en medio de una de las tantas discusiones, reacciona diciéndote que no lo provoques, que ha sido de la barra brava de la U y que si lo haces te vas a arrepentir, para luego narrarte orgulloso cómo una vez le deformó la cara a un policía saliendo del estadio. Y te asustas, pero no lo admites. Te empiezas a aterrar, pero no lo dices. Y llega el día en que te das cuenta de que estás acostumbrada a que te insulte, pero como no eres tonta sacas fuerzas y vuelves a armarte de valor, preparas el discurso que le vas a decir, lo ensayas porque siempre te dice que eres “pésima argumentando” y te lo has creído, y vas dispuesta a enfrentarlo y le sueltas lo preparado, pero él es más fuerte y poderoso que tú y te insulta, te grita, te lanza las llaves a la cara, te hace daño y, cuando te pusiste de pie para darte un poco de coraje, se pone de pie también, te pone las manos en el cuello y con ambas te abofetea. Perdón, ME abofetea.

Me quedé perpleja. Nunca había recibido una bofetada antes. Mi vida ha sido siempre muy tranquila, en casa siempre me han querido como a una reina, en el colegio nunca fui parte de ninguna bronca ni mucho menos física, y nunca he protagonizado ni colateralmente algún escándalo. Fue la primera vez que me pusieron la mano encima. Fue todo tan raro que no supe como reaccionar. Estaba humillada y hasta hoy quisiera poder regresar en el tiempo, coger sus manos y empujarlo o reaccionar de alguna manera. Sé que no fue un tema de fuerza. La Laura que no reaccionó es una Laura que estaba asustada hacía muchos meses por la conducta agresiva de su pareja. Me callé, miré al suelo, lloré y hasta hoy nunca lo he contado a nadie.

Yo decidí callar hace 4 años porque pensé que nadie me creería, que denunciarlo sería costoso para mí, que habría quienes hablaran de mí a mis espaldas por el tipo de relación que tuvimos, etc. Pero callé, sobre todo, porque siempre pensé que yo había sido un caso aislado. Estaba asustada y escogí vivir ese temor en el silencio. No me arrepiento, es lo que en ese momento elegí hacer pero hoy sé que lo valiente es compartirlo. Lo difícil realmente es combatir el miedo, un miedo que muta y transforma pero no se termina de ir nunca. Un miedo que me asalta siempre que regreso a visitar a mi familia y a mis amigos. No ha habido hasta hoy un solo viaje de regreso, de ese que tengo la suerte de poder realizar una vez al año, en que durante las doce horas de vuelo y los días que me quedo en mi ciudad no esté asustada por la posibilidad de verlo en una manifestación, una reunión con compañeros que son tan míos como suyos, por la calle si voy a San Borja a visitar a mi madrina, etc. Es una manera injusta de vivir el regreso a reencontrarte con tu ciudad y con los tuyos. Y no es un temor injustificado. Me ha ocurrido ya que alguna vez cuando hemos coincidido me ha retirado el saludo delante de gente que no han pillado la sutileza de esa acción. Pero ese sutil maltrato es maltrato y basta para recordarte muchas cosas.

He estado viendo, contra mi mejor juicio, las redes sociales y mucho de lo que he leído me ha dado rabia. Quiero cerrarle la puerta a la voz simplona que encuentra en este episodio una forma de golpear a la izquierda. No, señores, la violencia contra las mujeres no es de izquierdas, de derechas o de centros ni de latitudes concretas. Es lamentablemente transversal y se sufre en cada ámbito de tu vida, estés en un espectro ideológico o en otro. Abraham Valencia es un tipo violento que ha ejercido maltrato psicológico y físico contra mí, contra Parwa Oblitas y contra quienes se atrevan a denunciarlo, pero el punto aquí no es su coherencia o su incoherencia ideológica ni su hipocresía. Violentos los hay que se golpean al pecho el 8 de marzo en todos los rincones políticos. No nos confundamos. Lo que son es solo una cosa: maltratadores. Punto.

Quiero aprovechar por eso para agradecer la rapidez con que Nuevo Perú ha actuado. Esto no habla bien de Nuevo Perú únicamente, sino de un avance social en nuestro país donde la violencia contra la mujer se ha vuelto, por fin, un tema de rechazo masivo. Esto habla mejor de nosotros como sociedad. Una denuncia como la que ha hecho Parwa ayer y como la que hago yo hoy en España tendría una repercusión transversal de rechazo en todos los partidos políticos y de contundencia por la sociedad civil. En Perú, todavía temo a las represalias que seguirán a este texto, pero un avance es un avance y quiero creer que en los días que vengan veré muestras de solidaridad y sororidad. Me quedaré con ellas. Por eso agradezco a Vero, no sólo por no permitir que esta denuncia quede impune, sino por el gesto que ha tenido de contactar conmigo en cuanto se enteró de mi caso ayer y me dio todas las muestras de solidaridad que a una la hacen fuerte. No estoy sola, nunca lo estuve.

Ayer al leer a Parwa, no lo niego, me asaltaron los más feos recuerdos y, por un momento, sólo quise huir nuevamente del pasado que a mí como a tantas otras me tocó (sobre)vivir. Pero la llamé y fue la mejor llamada internacional que he hecho nunca. Hay algo mágico que ocurre cuando dos mujeres fuertes y valientes se ponen frente a frente y se atreven a reconocerse imperfectas y vulnerables. Hay algo que te cambia cuando desde la sororidad reconoces en sus lágrimas las tuyas, en su historia, la tuya, en su dolor, el tuyo…Su valentía ha sido el empujón que necesitaba para atreverme a decir algo que callo hace tiempo. 

Esta será la primera navidad en que regresaré a mi país a ver a mi gente, abrazar a mi familia y mis amigos sintiendo miedo, sí, porque el miedo no se va, pero será un miedo distinto. Será el miedo por haberme atrevido y no por haberme callado. El miedo de la valentía y no del silencio. El miedo por estar del lado correcto y no por estar en la ambigüedad cómplice que invisibiliza y mata. Quiero sentir ese miedo. Quiero vivir ese miedo. Quiero -¡cuántas ganas tengo!- subir al avión, ponerme el cinturón de seguridad y emprender el vuelo del regreso valiente que me reconcilie conmigo misma. Porque nunca fue mi culpa. Serán, sin duda, las mejores 12 horas de mi vida. Será el mejor trayecto de todos. Gracias eternas, Parwa, por permitirme comprar ese impagable pasaje de regreso.


Pd: Quería añadir algo a raíz, nuevamente, de comentarios en las redes: esto no va de revanchas ni linchamientos. Que alguien reconozca su maltrato y pida disculpas no es digno de aplauso. Es sólo el gesto mínimo que debes tener con quien has herido. Esto de lo que va es de aceptar las consecuencias de los actos. Y espero, sinceramente, que esa terapia que Abraham dice haber empezado hace 6 semanas le haga bien porque espero que así como Parwa y yo no fuimos casos aislados, seamos los últimos. Lo deseo por él, por los suyos y por las mujeres. Lo deseo por un Perú que merece tener menos agresores.


Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Peruana, feminista, lingüista, ronca, trabajólica y miope. Y, a veces, pianista.


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Altoparlante

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