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Debate previo a la segunda vuelta presidencial.

Francia: la victoria que no lo es

Hace unos meses, cuando la campaña electoral francesa estaba en sus inquietantes inicios, un amigo me dijo “en Francia tendrán el drama de tener que elegir entre la derecha fascista y la derecha conservadora” a lo que respondí, “como en Perú hace unos meses”. Si hay algo que un peruano sabe hacer, lamentablemente, es apostar por el mal menor, taparse la nariz, desviar la mirada y marcar en la cédula de votación por el “menos malo”. No me imaginé decir esto sobre Francia, ese referente de la democracia y los valores que atribuimos a una Europa que no existe.

Publicado: 2017-05-08

La confirmación de la victoria de Emmanuelle Macron ha sido aplaudida de manera masiva. Las portadas de hoy son elocuentes. Tal parece que todo Europa (y en general el mundo) respira aliviado. Las españolas no se quedan atrás y anuncian “Francia liberada”, “empieza una nueva era” o el predecible “Francia rechaza el populismo”. Algunos columnistas variopintos pero reputadísimos, y esto no ha de extrañarnos, han aprovechado el momento para hablar de la irresponsabilidad –he leído hasta ‘complicidad’ en algún caso- de Podemos con Le Pen en estos comicios electorales. Los más absurdamente audaces se han apresurado en señalar que “los extremos se tocan” y, algún moderado por ahí, se ha limitado a decir que “un populista es un populista” al más fiel estilo del plato y del vaso de Rajoy.

La ignorancia, no lo digo yo sino la sabiduría popular, es atrevida. Lo es más la conveniencia política y, por qué no decirlo, el temor de aquellos que ven con malos ojos cualquier posibilidad de alejamiento del establishment. Es normal que quienes se beneficien de él quieran mantenerlo, pero de ahí al argumento absurdo sin ningún rubor, debiera haber un abismo. Aclarémonos: Lo que ha ocurrido ayer en Francia no es otra cosa que el botón de “pausa” con fecha de caducidad sobre una alarma que sigue sonando. Ha ganado quien defiende las políticas que han causado precisamente el crecimiento de esa Marine Le Pen a quien tanto dicen temer y otros, efectivamente tememos de verdad. ¿Y nos hablan de alivio? Ha ganado quien germina el crecimiento de su mal llamada contrincante. Esta es la paradoja o, mejor dicho, la falsa victoria que celebran hoy los medios. 

Pero si la ignorancia es atrevida, hay que ver lo que ocurre cuando se conjuga con el descaro. He leído por ahí que en Podemos somos una suerte de “cómplices” con el fascismo por no llamar a votar por Macron ya que decir que hay que votar contra Le Pen es una “posición tibia”. Nunca se me hubiera ocurrido calificar un “votar en contra” de “tibio”. Lo tibio es no decir la verdad y la verdad es cruda: esta segunda vuelta inició siendo una derrota. Es desde ese escenario en que plantamos cara al fascismo para detenerlo, pero detenerlo de verdad. La “nueva era” de la que hablan estos medios monocordes no es otra cosa que una mentira. Lo que habrá en Francia es continuismo, pero continuismo bajo la sombra de una alarma real. Marine Le Pen no se quedará con los brazos cruzados (ya anunció la construcción de una nueva fuerza política) y sabe que hay juego. La victoria de Macron es, por más duro que suene, también una buena noticia para Le Pen.

Nuestra posición ha demostrado que no ponemos el cálculo político por encima de esa verdad que alguien tiene que decir porque “el emperador no puede seguir desnudo”. Si nuestra política la dirigieran los intereses electoreros habríamos considerado llamar a votar a Macron pues, aún con el ardor en la boca, el objetivo de quedar bien se hubiera cumplido. Pero Podemos no va de eso. He ahí la diferencia entre el tacticismo burdo y la apuesta real por un proyecto que construya una Europa distinta. No hay nada más cercano a los valores de esa Europa que no existe, que apostar por un proyecto donde ni la extrema derecha ni sus causas se fortalezcan y se mantengan. Por eso hay que enorgullecerse de decir las verdades con contundencia y sin entrar en el juego perverso de la derecha. Ninguna otra fuerza política se ha atrevido a cuestionar a Macron. Es fácil ser simple y más aún ser simplón. Preguntadle a Albert Rivera. Lo difícil es admitir que en un escenario de derrota, que cualquier elección es debe ser crítica.

Vuelvo a mis raíces para terminar. Hace unas semanas, cervezas de por medio, acompañé a una querida amiga francesa en el sinsabor de los resultados de la primera vuelta. En el intento por levantarle el ánimo hice el típico comentario comparativo con Perú. "¡Perú es peor! No hemos tenido ni estado de bienestar y hemos tenido que elegir entre Keiko Fujimori, hija de un expresidente que está preso por delitos de lesa humanidad y PPK que es un liberal a ultranza, un lobbysta que habla antes con los CEO de las grandes empresas que con los ciudadan@s y que es un típico miembro VIP del establishment. ¡Y casi pierde!”. Sorbo de cerveza y su respuesta: “Pero Alberto Fujimori está preso.”

Vivir fuera tiene de esto, te hace cuestionar las dimensiones de tus certezas. En efecto el panorama peruano tiene poco de auspicioso respecto al retroceso del fujimorismo y el avance, si acaso no configuración, de un espectro progresista exitoso que tenga posibilidades de gobernar. Pero lo que es terrible es que pese a lo que la justicia dictó en su momento convirtiéndonos en un precedente internacional de dignidad, la sentencia que condenó a un dictador por crímenes de lesa humanidad, está siempre pendiendo del hilo de la voluntad o conveniencia política del presidente de turno y de las presiones que ejerza (como en este momento) la bancada fujimorista. Ese populismo de derechas que, salvando ciertas diferencias con Le Pen, es resultado de la ausencia de Estado y las desigualdades que siguen permitiendo que sobreviva y crezca en cada periodo electoral. La posibilidad de que Alberto Fujimori logre salir de la prisión que merece está, como el dinosaurio de Monterroso, siempre ahí en las mañanas. 

Ni Francia se ha “liberado”, ni se abre una “nueva era”, ni hay alivio luego de estos resultados. Lo que hay es un escenario de alarma que lo mismo ayer, como en 5 años, está latente porque las condiciones para que varíe no se dan. Mientras las políticas que nos han traído hasta aquí, hasta estas segundas vueltas de infarto, el crecimiento de la extrema derecha (11 millones de votos no es poca cosa), la empatía de sectores clave como la clase obrera con este discurso, etc., no pasen a mejor vida, hay poco que celebrar. La cuestión central es siempre la misma: ¿cambio real o disfraz de cambio? No olvidemos que el riesgo del disfraz es que una mañana cualquiera veamos que la tela se nos quedó corta, el maquillaje caducó y se cuele esa realidad a la que tanto tememos. Sólo hay un camino y, tengámoslo claro, no tendremos de nuestro lado a esos medios que hoy te han querido vender como victoria lo que fue desde el inicio una derrota. Tendremos, eso sí, la razón. Hagamos lo imposible con ella.


Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Feminista, lingüista, trabajólica y miope. 100% peruana.


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Altoparlante

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