reconoce sus orígenes

"Grecia cambia EUROPA" 

Grecia: La timidez de las victorias

Alexis, el de los ojos honestos, es ahora la encarnación de la tristeza que producen los golpes de realidad.

Laura Casielles

Publicado: 2015-09-19

Recuerdo todavía el sentimiento de sorpresa. La mañana del 25 de enero tomé desayuno muy rápidamente y me perdí por las calles de Atenas. Cada ciudadano que caía por mis oídos me ratificaba la hipótesis: no era una elección cualquiera, ni mucho menos un domingo como otros. Hasta ahora recuerdo la voz de aquella anciana que al salir de un colegio electoral, junto con su hija que la acompañó a votar, gritaba entusiasmada que había votado por Syriza. Fui escéptica como siempre, y le repregunté “¿por qué?”. Su respuesta me quedaría retumbando en la cabeza todo el día: “porque no tengo nada que perder. Lo he perdido todo ya.”

Para una peruana que en el 2011 se dio el lujo ingenuo de creer que con Ollanta Humala ganando a Keiko Fujimori se garantizaba una victoria que no fuera sólo simbólica, ganar elecciones se había vuelto un trámite sin significado. Un momento vacío, una celebración momentánea sin correlato de peso en la realidad. Podíamos abrazarnos en la noche electoral pero al día siguiente había que volver a sentarnos en las bancas opositoras. Ganar no era ganar. Perder no implicaba perder. El poder no estaba en esas instituciones que habíamos añorado tanto. Grecia, ese 25 de enero, le dio una bofetada a estos supuestos resignados.

Eran las 7pm y en el local de campaña de Syriza se sentía algo distinto a la victoria: esperanza. Un periodista catalán y un fotógrafo italiano comentaban conmigo los resultados cerca de la Plaza Panepistimio donde Alexis Tsipras daría luego un discurso post-victoria. Lo que vino a continuación me desbordó. En Plaza Panepistimio, miles de griegos me abrazaban como a una más. Las banderas ondeaban, las sonrisas se multiplicaban, la esperanza desbordaba y los cantos no se hacían esperar. No era victoria lo que se celebraba, era sólo el inicio de algo mejor. 

Ese día lo entendí: la victoria es tímida. Se grafica en cifras luego del conteo de las ánforas electorales y en porcentajes. Pero esa es una mirada fría y numérica de la realidad. La victoria es tímida. No se deja coger por temor a ser herida pronto. Los griegos la sacaron a pasear y, en efecto, fue herida al cabo de unos meses. Hoy, nuevamente, Grecia se dará el lujo de sacar a la victoria a pasear pese a su timidez y, sobre todo, pese a los golpes a los que ha estado sometida en los últimos meses. ¿Qué victoria podría ser extrovertida luego de tanta magulladura?

No puedo sino imaginarme los mismos rostros de aquel 25 de enero en la noche eufóricos, derrumbándose ante las negociaciones que durante semanas parecían indicar, nuevamente, que ganar no era ganar. No puedo sino recordar a la anciana a la salida de aquel colegio electoral diciéndose, tal vez, “¿es que acaso hay algo más que perder?” Pero también me imagino sus rostros enérgicos antes del referéndum, convenciendo a quien pudieran de que tocaba al pueblo manifestarse otra vez. Que la lucha, esta vez, no suponía llegar a las instituciones. Que lo que tocaba era hablar más fuerte y ratificar la victoria. La siempre tímida victoria.

Luego vino el rescate y con él, seguramente, muchas dudas. Los mismos rostros alguna vez esperanzados, ahora pintados de gris. Mi compa italiano pensando en borrar aquella foto en que nos graficó victoriosos pues ahora, no era otra cosa que la graficación de una ingenuidad frágil. Pero me equivocaba. Esta convocatoria a elecciones me ha devuelto algo. Algo que había perdido luego de las últimas elecciones peruanas. A veces una tiene que irse muy lejos para saber regresar. 

En unas horas los griegos volverán a ir a las urnas, a demostrar que si se quiere ganar, hay que estar dispuesto a entender la timidez de las victorias y el sinsabor de las derrotas. A entender que la política es un arte de negociación constante. Que no hay blancos y negros. Que se trata de ganar en los grises. Que luego de recibir un portazo en la cara se puede, nuevamente, levantar la mirada y decir “no nos hemos ido”. Que ante los abusos decir “basta” no es suficiente. Hay que gritarlo. Y hay que gritarlo muchas veces. Las suficientes como para que dejen de hacerse los sordos, pero sobre todo, como para contagiar a los que al lado nuestro podrían sumarse y hacer, junto con nosotros, un coro que no pueda silenciarse.

En algunas horas, espero, Syriza habrá ganado elecciones. Por poco margen, sí. Tendrá en sus manos la oportunidad de coger, nuevamente, una victoria tímida y convertirla en un relato coherente. Tendrá la oportunidad de utilizar este nuevo voto de confianza para reafirmarse en la necesidad de sumar fuerzas. Tendrá también, la difícil labor de mantener cierta gobernabilidad mientras espera que otras fuerzas progresistas de Europa del Sur le den aires para respirar. Grecia, al final del día, no es sólo Grecia.

Mientras escribo este texto y miro los vídeos de ese 25 de enero no puedo sino reconocer que el significado de “año del cambio” es mucho más amplio que brindar victorias a los partidos que representan a las mayorías. Implica también entender que la victoria, tímida luego de tantos años de resignación, no se encuentra en las ánforas únicamente, sino en lo que luego de ellas somos capaces de hacer. Que hay que ser capaces de reinventarnos a cada momento, golpearnos con las derrotas que esta realidad abusiva nos pone en el camino y rearmarnos a partir de las mismas. Que si la victoria es tímida hay que darle brillo. Y no hay mejor brillo que sacarla a pasear. Hoy, Grecia, tiene la oportunidad de volver a hacerlo para el bien de sí misma, pero sobre todo, de toda Europa.



Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Peruana, feminista, lingüista, ronca, trabajólica y miope. Y, a veces, pianista.


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