#AgroexportaciónSinExplotación

Playa Bolonia (Cádiz - España)Allá al fondo, áfrica. EN medio...la ceguera.

El costo de la ceguera

Sobre la crisis humanitaria que toca las puertas de Europa

Publicado: 2015-09-02

Hace unas semanas, durante un breve pero necesario periodo de vacaciones, llegué guiada por mi buena amiga Nadia a una playa recóndita a treinta minutos a pie, de Playa Bolonia en Cádiz. De pie en la orilla, mi vista se opacó por la absoluta comprensión del drama humano que desborda las portadas de los diarios y las notas televisivas estos días en Europa. Cuando ves, desde la comodidad de una fortuna que es siempre producto de un azar, la orilla de una costa africana (Tánger, para ser precisa) el mar no parece otra cosa que un espacio breve de tránsito, una simple distancia que separa un continente de otro. La visión del otro lado, sin embargo, no separa costas, sino prisión de libertad, supervivencia de oportunidad, resignación de respiro.

Llevo varios días dándome de bruces con los siguientes titulares: “Se ahogan once refugiados sirios”, “rescatan a cuatro niños en patera”, “embarcación llega a la costa de Gran Canaria, cinco tripulantes fueron trasladados de emergencia a hospitales de la zona”, “liberan a 24 refugiados de origen afgano que iban en una furgoneta en Austria: corrían el peligro de morir asfixiados”, etc. Pero como si los titulares y las imágenes no fueran suficientes, una foto acaba de remecer todos los cimientos que la razón construye como mecanismo de autodefensa frente a una realidad de terror: la imagen del cadáver del niño hallado en la costa turca da la vuelta al mundo en estos momentos. A mis 2 de la mañana y a las 7pm. en Perú. Las diferencias horarias ya no importan, tampoco los hemisferios, los continentes ni los océanos en medio. Cualquier cimiento racional abandona tu cuerpo frente a la imagen.

Se dice que vivimos una crisis migratoria. Pues no. Lo que vivimos es una crisis humanitaria. Las personas que llegan a Europa (y las que mueren en el intento) no migran, huyen. Deciden tomar acción frente a los conflictos que atraviesan a diario. Ellos y ellas sí que lo han perdido todo. Todo. Incluso el miedo a la muerte. Cuando tus opciones son “morir en el intento” o “seguir muriendo en la resignación” casi parece absurdo no cargar la pistola y jugar a la ruleta rusa. Te subes solo o con los tuyos a cualquier embarcación precaria y te encomiendas al azar. Algunas madres se quedan en las orillas mirando al mar como esperando alguna señal que generalmente no llega, otros regresan a la tortura diaria que significa preguntarse si tal vez no debieron arriesgarse y dejarse arrastrar por el mar. “Futuro” y “porvenir” se vuelven palabras vacías. Continuum sonoro. “Mañana” cambia de significado, se hace sinónimo de “suerte”.

Mientras tanto, desde este lado de las costas, asistimos a la discusión eterna sobre las fronteras. A la burocracia que también mata, casi tanto como la indiferencia. A la reunión “de urgencia” convocada para el 14 de septiembre, como si a diario no estuvieran muriendo miles. Como si en estos 11 días no se pudiera hacer una diferencia. O será que tampoco quieren. Se destinan millones de euros para asegurar las fronteras y miles (con suerte) en salvataje marítimo. Las personas dejan de tener nombre propio, rostro, historia. Dejan de ser personas. Se vuelven náufragos, migrantes, sin-papeles. No faltará quien los llame “irresponsables”, “rebeldes”, “suicidas”.

Y si logras llegar a puerto, que te quede claro que no es un puerto seguro. Si el azar se distrajo y te concedió un “mañana”, desconfía. La suerte no toca a la puerta dos veces. Esta crisis saca lo mejor y lo peor de nosotros. Mientras algunos se ofrecen de voluntarios para enseñar alemán en centros de refugiados en Berlín, otros incendian los centros. Mientras algunas autoridades como Colau o Carmena en España ven la manera, dentro de sus limitadas facultades, de hacer de las ciudades que lideran parte de una red de ciudades-refugio, otros se encolerizan y montan una protesta. Se enfadan con el azar que ha permitido que el mar tenga menos cadáveres de los que “debería” y montan operativos de miseria. Esa miseria que grafica también la indiferencia y lentitud con que actúan algunos gobiernos. Se lavan las manos, voltean la cara, hacen de cuenta que esa fosa común llamada mediterráneo no existe. Ojalá no existiera. Así podrían tomar el té tranquilos.

Hoy, me temo, queda en evidencia que no sólo la solidaridad está en peligro de extinción, sino también la compasión. Eso que nos humaniza y sensibiliza frente a un otro al que reconocemos. Eso que me permite mirarte, oírte, sentirte. No tengo que quererte, no tengo que conocerte, no tengo que hablarte. Basta con mirarte. Hace unos días, los titulares y las portadas ponen en evidencia que estamos ciegos. Ciegos a voluntad. Pero la realidad siempre se encarga de revivirte los sentidos. La imagen del cadáver del niño en la costa turca es el antídoto más crudo y aterrador. ¿Es que acaso podemos seguir ciegos?


Escrito por

Laura Arroyo Gárate

Peruana, feminista, lingüista, ronca, trabajólica y miope. Y, a veces, pianista.


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