Divorcio gubernamental

Los conflictos sociales, los escándalos de corrupción y las primeras metidas de pata de Humala fueron los primeros indicios de que la luna de miel gubernamental llegaba a su fin. Lo que no nos esperábamos fue un divorcio tan rápido. Muy moderno, claro. Muy político también. Pero ¿quién se divorció de quién?

Lerner, creo, hizo bien en renunciar ya que quedarse hubiera sido un poco indigno. Claramente lo habían dejado de lado. El presidente Humala le había bajado el dedo al diálogo en Cajamarca antes de que el ex premier se sentara a negociar. Por consecuencia, le había bajado el dedo a él también. Este divorcio con su ex Primer Ministro es elocuente, sin embargo, parece que esta ex pareja llevará la fiesta en paz. El detalle de Lerner conversando amenamente con la primera dama durante la juramentación y luego, saludando con hipocresía elegante a quien lo reemplazará, evidencian el carácter de esta separación.

Pero el presidente se divorcia también de lo que varios han llamado “el ala izquierda” del gobierno. Definitivamente, los que apoyaron a Humala desde el inicio, creyeron en él, casi se tatuaron el “esta vez sí la hacemos” en el pecho y sonrieron sinceramente el 5 de junio deben estar, cuando menos, desconcertados. Algunos, incluso, amargos. Otros, hasta resentidos. La pregunta aún no tiene respuesta ¿qué tipo de divorcio es este? ¿Será también el de la “fiesta en paz”? ¿Será el de la hipocresía por el bien de los hijos? ¿O será el de portazos en la cara, reclamos, juicios por la tenencia de los niños, etc.? Habría que tener un ojo abierto sobre la bancada nacionalista porque, puede que por ahí empecemos a notar el carácter de este divorcio.

Pero hay otro divorcio más importante. Lo comentó hoy César Hildebrandt cuando fue entrevistado en Panorama: “¿Y ahora qué va a decir Puno, qué va a decir Cajamarca?” Ocurre que el presidente Humala se divorció de su electorado (ese que algún sujeto llamó “electarado”) y, por tanto, de sus demandas, de sus esperanzas con esta “gran transformación” y también de la confianza que le brindaron.

Y no hay que ser muy listo para advertir que este divorcio será un despelote. Si ya había conflictos antes, cuidado con los que se vienen después. Si la respuesta fue declarar estado de emergencia cuando el diálogo no concluía en Cajamarca, ¿Cuánto más podrán confiar los cajamarquinos en la vocación de diálogo de gobierno? ¿Cuánto confiarán en este nuevo Primer Ministro? Si no confían en él, ¿cuánto confiarán en el estudio de impacto ambiental que les presente? Porque si a mí me dicen “dialoguemos, lleguemos a un acuerdo” y mientras dialogamos estás congelándome la cuenta bancaria para “notificarme” después, yo no me siento a conversar contigo de nuevo, al menos no tan ingenuamente.

Y, lamentablemente, el nuevo Premier no da la impresión de optar por la conciliación antes que la mano dura. De hecho, no parece querer participar en este juego político de la negociación cuando afirma, muy suelto de huesos, que en el gabinete que él dirija “no se perderá el tiempo con discusiones de ideologías, será un gabinete de técnicos”.

¿Cómo le explicamos al señor Valdés que los ministros hacen, porque deben, política? ¿Cómo le explicamos al señor Valdés que los conflictos sociales latentes y desatados al interior del país no responden sólo a cuestiones técnicas, sino, sobre todo, a cuestiones políticas? ¿Cómo le explicamos que tiene menos de 24 horas en el cargo, pero que si su idea de gabinete ideal es des-ideologizado y únicamente técnico está cometiendo su primer grandísimo error en el premierato?

Y este es el divorcio que debería importarnos más porque se equivoca el Presidente Humala si cree que podrá llevar la “fiesta en paz” con quienes depositaron su confianza en un plan de gobierno, una hoja de ruta, un candidato y una supuesta “transformación” que ha quedado en palabras.

Sí pues, la verdad es que Ollanta Humala se divorció de sí mismo y ese divorcio nos va a pasar factura los próximos 4 años.