Una hora simbólica

Post publicado originalmente en spaciolibre.net

La Hora del Planeta es una de esas iniciativas que se reproducen, con excepciones, a nivel mundial. El sábado, a las 8:30 el Perú se sumó a la iniciativa y “apagó” las luces en señal de reflexión o toma de consciencia de la importancia de preservar el medio ambiente. Pero, so riesgo de sonar muy políticamente incorrecta, ¿de qué sirve la Hora del Planeta?

He escuchado a varios señalar que la Hora del Planeta es una iniciativa irrelevante pues en una hora no se logra nada. No estoy de acuerdo con dicha afirmación ya que me parece muy simplista. Creo, por el contrario, que si con un minuto lograste concientizar a alguien (así sea sólo a uno) de que el cuidado y preservación del medio ambiente es fundamental y es tarea de todos, pues ese minuto por sí sólo valió bastante la pena. Pero sí tengo una crítica a esta iniciativa que no va en sentido de la funcionalidad de este evento que es meramente simbólico.

Hace un año me topé con unos amigos. Ellos, todos, me recordaron que la Hora del Planeta se celebraba al día siguiente. Uno de ellos tenía un polo alusivo a la fecha, el otro había conseguido que su familia estuviera preparada para el evento. La verdad, me sorprendieron con la organización. Yo confieso que vivía la Hora del Planeta de la manera más sencilla que pueda existir, apagaba las luces y conversaba con las amigas entrañables a la luz de las velas por una hora. Pero no planificábamos nada y, siendo francas, no hacíamos ninguna reflexión respecto de esa hora que atravesábamos.

Pero no me siento tan culpable. Me pregunto ¿qué clase de reflexión cabe cuando se vive este evento como si fuera una actividad políticamente correcta y se pierde el sentido simbólico? Es aún más vacío, creo, inventarse que en esa hora estamos cambiando el mundo. La cruda verdad es que esos 60 minutos no significan absolutamente nada si es que luego de ellos no realizamos, cada uno desde nuestros espacios, medidas concretas.

Por eso, cuando estos amigos tan aparentemente comprometidos mantenían la costumbre de viajar en auto de una cuadra a la otra (porque les daba flojera), de usar aire acondicionado en espacios en que no era necesario (y en invierno), o la manía de mantener el caño abierto mientras se enjabonaban las manos, me di cuenta de que la Hora del Planeta para ellos era exactamente eso: una hora. Punto.

De ahí a temas de fondo el panorama se tornaba aún más gris. Yo puedo entender, aunque no esté de acuerdo, en el apoyo que determinadas personas le den al proyecto minero Conga, por poner un ejemplo. Si el argumento es que las inversiones son importantes, que la minería es positiva para el país, que el estudio de impacto ambiental no enuncia mayores daños al espacio en que el proyecto se desarrolle, me parece legítimo e incluso, el inicio de una discusión saludable y basada en argumentos. Pero si el argumento de defensa de estos “defensores de la Hora del Planeta y del medio ambiente” es tan sencillo como “las lagunas no son más importantes que el oro”, “un cambio en ese espacio no es tan relevante”, “no podemos desperdiciar una oportunidad de ganar buen dinero por nuestros recursos”, etc. pues me queda claro que eso del interés por el medioambiente es una etiqueta y sólo eso.

Ese doble discurso es el que perjudica cualquier iniciativa que tenga como base una intención genuinamente positiva. Se pierde seriedad, se pierde impacto y, a la larga, se pierde tiempo. La hora planeta debe ser un punto de partida, no la meta. Hay mucho más allá de esos sesenta segundos.

Pero, otro tema importante, es el reconocimiento de nuestra insignificancia. Sí, aunque suene muy “doña pésima”, lo cierto es que no importa si nos pasamos todo un día sin luz. No importa si nos organizamos y en todo Lima nos ponemos de acuerdo para hacer el “día del planeta” y durante 24 horas nadie prende la luz. Mientras las grandes empresas transnacionales no cumplan su cuota de responsabilidad medioambiental, nuestro sacrificio tendrá el poder que tiene una mosca contra un elefante.

Si queremos asumir el cuidado medioambiental en serio, entonces comprémonos la agenda medioambiental también (y no sólo el polo de moda). Pero, además, seamos conscientes de que nosotros solitos no es que haremos LA diferencia. Esa depende de todos, en conjunto y ese es un trabajo largo. De hecho, como decía hoy un buen amigo en el trabajo, la “hora planeta” y su mensaje de “apaga la luz por una hora y colabora con el cuidado del medioambiente”, tiene un mensaje subalterno: tú eres el responsable. Y, la verdad es que eso no es muy cierto. Repito, nosotros somos insignificantes.

Somos las moscas frente al elefante. No podemos tumbar al elefante, pero podemos enloquecerlo, ¿no? Zumbando muy fuerte.

De eso se trata. De utilizar la Hora del Planeta como un punto de partida para asumir una acción constante coherente con la agenda medioambiental que, además de medidas concretas en nuestra vida cotidiana, redunde también en la crítica a aquellas grandes empresas que no se compran esta agenda, pero sí “patrocinan” la hora planeta. Del mismo modo, debemos reflexionar y criticar a aquellos países que se llenan de “horas planeta” a diestra y siniestra, pero a la hora de la hora “olvidan” convenientemente firmar el tratado de Kyoto, o ignoran con una indiferencia magistral cualquier acuerdo tomado en las conferencias medioambientales, recordemos también que ya llega Río+20. ¿Cuánto hemos avanzado?

Entonces, “hora del planeta” sí, pero no sólo eso. Lamentablemente, uno se acostumbra a quedarse en el evento. Que no nos pase. Usemos esta excusa para hacer algo diferente este año y que en la próxima hora planeta no hablemos sólo de lo que tenemos pendiente por hacer, sino también de lo que logramos.

Un derecho postergado

Post publicado originalmente en SpacioLibre

Hace dos días se celebró el Día Internacional de la Lengua Materna. En el Perú, así como en otros países, se han programado distintas actividades para recordar, entre otras cosas, la importancia de la preservación de lenguas. Las actividades programadas en nuestro país las pueden ver aquí y recomiendo en particular las mesas que tratarán temas como “Estados plurinacionales” y claro “Educación intercultural”.

Como es costumbre, este es un tema que resulta bastante invisible o postergado generalmente por la coyuntura, pese a ser fundamental, sobre todo en el Perú, donde se estima que se hablan entre 50 y 60 lenguas vernáculas (la cifra depende de la división dialectal que se considere). Sólo en la Amazonía podemos contar cerca de cuarenta lenguas. ¿Cuántas de ellas conocemos? ¿Las reconoceríamos si las oímos? ¿Podríamos distinguirlas? O, ¿Sabemos siquiera sus nombres? Aquí les dejo el mapa etnolingüístico peruano para hacernos una idea de la riqueza que tenemos en materia lingüística. (Recomendamos ver mapa)

Pero no se trata de aplaudir la riqueza, celebrar nuestra “suerte”, abrazarnos una vez al año al recordar que somos un país plurilingüe y olvidarlo los siguientes 364 días. Nuestro plurilingüismo es uno de las características que menos recordamos y que, por ello, podríamos perder. Se llama lengua muerta o extinta a aquella que ya no es la lengua materna de ningún individuo. Según el Atlas presentado por la UNESCO, en el Perú hay 62 lenguas peruanas en peligro de extinción. Repito, sesenta y dos. Y por si la cifra no resulta alarmante, recordemos lo que implica la pérdida de una lengua.

No se trata de un tema de “funcionalidad” como dicen algunos. De hecho, ninguna lengua es per sé mejor ni peor que otra, ni más apropiada para determinados temas que otra. Eso de que el francés es la lengua del amor o del romance es una impresión cultural, una construcción nuestra a partir de una lengua que asociamos a un contexto romántico por otros factores que no son lingüísticos.

En un país donde se hablan unas 50 lenguas aproximadamente, todas deberían permitir que sus hablantes se desarrollen plenamente con ellas. Y esto, nuevamente, nada tiene que ver con las lenguas, sino con factores extralingüísticos. No tiene nada de “funcional”, por ejemplo, que si a un ciudadano que hable nomatsiguenga le roben, no pueda sentar la denuncia respectiva en una comisaría porque los policías de dicho lugar sólo hablen castellano. Y esa no es culpa del nomatsiguenga, ni del hablante, ni del policía. Es responsabilidad, claro, de un estado que no ve entre sus principales responsabilidades la de garantizar que esto no ocurra.

La solución tiene que ver, nuevamente, con la educación. La educación bilingüe intercultural es un derecho. ¿Se imaginan el trauma que viven a diario varios niños en nuestro país cuando llegan a la escuela y se encuentran con un profesor monolingüe de castellano y ellos no lo entienden durante meses pues hablan otra lengua? Si a ello añadimos la discriminación lingüística de la que son víctimas por parte de algunos de estos profesores, no nos resultará difícil entender por qué muchos hablantes prefieren dejar su lengua de lado, cuando no huir de ella.

La solución no es homogeneizar el castellano en perjuicio de las lenguas originarias. La solución pasa por entender que una lengua representa mucho más que un conjunto de normas y un léxico particular. Una lengua es un acercamiento distinto a la realidad, una forma de ver, interpretar y construir el mundo. Al perderla, no perdemos entonces sólo una gramática, sino un complejo sistema, una cultura, una historia, etc.

Por ello, la educación bilingüe intercultural es un derecho. Porque todos los hablantes de cualquier lengua merecen mantenerla porque es también su identidad cultural. El encuentro con la lengua oficial (por ser mayoritaria) no debería ser traumático, sino la suma de una segunda lengua a la materna. No debería tampoco significar el intercambio de una por otra. Está comprobado, además, que el desarrollo cognitivo de cualquier niño es mucho mejor en aquellos que aprenden en su lengua materna y no en aquellos que viven el “tránsito” bruscamente. Para ello, la reglamentación de la ley de lenguas es un tema pendiente y urgente.

En la misma línea, debemos también, nosotros los castellanohablantes, dejar de caer en los lugares comunes de la discriminación. El juicio absurdo que hacen muchos castellanohablantes sobre aquellos que hablan el castellano con las lógicas interferencias de una lengua originaria que tienen como materna, es ridículo. No tiene sentido que aplaudamos a quien habla un castellano en el cual se nota que la lengua materna es inglés, francés, alemán o lo que fuere, y no se haga lo mismo con quien evidencia tener como materna alguna lengua originaria como quechua, aimara o asháninka.

Si no somos capaces de reconocer nuestra riqueza lingüística más allá del discurso, sino en el día a día, pues la perderemos antes de lo que pensamos y perdemos, repito, mucho más de lo que creemos. ¿De qué inclusión social podemos hablar si no respetamos el derecho fundamental de miles de peruanos que al hablar otra lengua, ven el mundo de otra manera? ¿Qué diálogo sobre la ley de consulta previa o su reglamentación puede llegar a buen puerto si no considero al otro como un igual diverso? ¿Cómo un peruano que piensa distinto en su territorio, porque tiene un acercamiento distinto a él? ¿Qué ve en determinadas actividades un riesgo, que ve en su medio ambiente no sólo un hábitat, sino una deidad?

Conversar o dialogar no basta, entender y llevarnos algo de ellos es otra cosa. Empecemos por ahí y hagamos que este año no sea uno más de celebración hueca o, peor aún, de indiferencia frente a una fecha que a nosotros debería significarnos mucho más que sólo un día.

¿Se puede medir la agresión?

Post publicado originalmente en http://spaciolibre.net

El caso ya es conocido. Utilizo de pretexto la polémica desatada a partir de la discusión (que llegó a los golpes) entre el hijo de Celine Aguirre, conocida actriz, su grupo de amigos y una pareja en un cine limeño, para hacerme algunas preguntas que, confieso, no logro responder.
Me pregunto, por ejemplo, si se puede medir la agresión. Me pregunto si puedo definir si es más o menos agresivo gritarle a una persona “serrano de mierda” (un evidente y, lamentablemente, recurrente discurso racista) que, por ejemplo, escupirle a una persona en la calle solo porque me provocó. Me pregunto si puedo calificar como más agresivo golpear a mi pareja a insultarla todos los días diciendo que no vale para nada.

¿Podemos convenir en que sí se puede calificar un acto como más agresivo que otro? Si así fuera, ¿en función de qué lo definimos? ¿Qué variables consideramos para tomar esta decisión? ¿Deberíamos tomar en cuenta la edad del agresor? ¿Grado de instrucción? Y, por otro lado ¿qué sanciones aplicamos? Lo lógico sería también sancionar más drásticamente el evento más agresivo y más levemente el menos agresivo.

Sin embargo, las posibles respuestas no me terminan de convencer, tal vez porque creo, aunque pueda parecer exagerado, que la agresión siempre es agresión, venga de donde venga, sea del tipo que sea y tenga el resultado que tenga. La sanción puede variar, pero el juicio sobre ella es así de sencillo “agresión es agresión y está mal agredir”.

El caso del hijo de Aguirre ha despertado, sin embargo, lo que llamaré una “entibiada moral” por parte de quienes defienden al adolescente y quienes defienden a la pareja. Esta “entibiada moral” parece una muy mala broma pues ninguno de los dos bandos defensores puede justificar plenamente (al cien por ciento) la actitud de su defendido sin incurrir en una miopía voluntaria sobre lo ocurrido. Quienes defienden a los adolescentes, no tienen mejor argumento (falaz, evidentemente) que afirmar que se trataba de muchachos, de jóvenes, de ciudadanos que casi siguen siendo niños y, por tanto, podrían haber hecho algún comentario racista que se debe pasar por alto pues, “vamos, son jóvenes”. Quienes, de otra parte, defienden a la pareja, sostienen que los jóvenes son los principales agresores pues reaccionaron insultando a quienes les pidieron que guardaran silencio y, encima, utilizaron frases racistas. Justifican que llegaran a las manos casi afirmando (tácitamente) que ante frases como “serrano de mierda”, un puñetazo está justificado o, por lo menos, “entibiado”.

Pero vamos, ¿acaso a alguien le queda alguna duda respecto a la mala actuación de ambas partes? ¿Acaso entibiar la acción de uno o de otro funciona en este caso? ¿Qué clase de sociedad queremos o pretendemos alcanzar si en lugar de sancionar moralmente a ambos grupos involucrados tomamos partido como si se pudiera estar de acuerdo con alguno?
Ambos involucrados son culpables. Unos por expresiones racistas, que en otro país serían consideradas delito, otros por irse a los golpes. Ninguna acción merece nunca un comentario racista, del mismo modo que ningún comentario merece nunca un golpe. Me cuesta definir, en este caso, quién tiene más responsabilidad y qué agresión es más grave.

Lo más terrible me parece, honestamente, la toma de partido, como si algún grupo lo mereciera. En la misma línea, me sorprende la incapacidad de ambos involucrados para admitir que hicieron algo mal. La madre del adolescente agredido no ha mencionado en ningún momento que el comentario de su hijo, o sus actitudes (incluidas las de su grupo de amigos) fueron erradas. Del mismo modo, me sorprende que ninguno de los dos personajes que iniciaron los golpes afirmaran que estuvo mal caer en eso y lo justifiquen diciendo que no sabían que eran adolescentes. ¿Y si no lo eran?

Este caso muestra que el racismo es uno de los peores males vigentes en el país, pero también lo es la justificación de la violencia. Este último resulta aún peor pues relativiza el respeto al otro en función del contexto y sus acciones cuando debiera practicarse siempre.

Actualización: La pareja involucrada en el escándalo, aceptó hoy que se exaltaron y que no actuaron bien. Ese ya es un avance. El error está cometido, pero el reconocimiento se acepta. 
Celine Aguirre afirmó también en ATV+ que la actitud de su hijo estuvo mal. Si bien ambos reconocimientos no fueron las primeras reacciones, se trata de un avance. No obstante, esto no quita el hecho de que la defensa de unos y otros siga siendo errónea o en todo caso, producto de una “entibiada moral”.

No hubo teatro, sino drama real

Confieso que he escuchado antes la frase “hay mucho teatro en la CVR”. La he escuchado porque elaboré mi tesis de licenciatura sobre la base de los testimonios recogidos en las audiencias públicas organizadas por la Comisión de la Verdad y, por el contexto y la dinámica de estos espacios, más de uno puede creer que las experiencias son demasiado fuertes, las narraciones muy íntimas y las historias casi inverosímiles. Les digo desde ya que esto último es cierto: las experiencias no son aptas para sensibles, las narraciones tocan fibras muy personales y las historias podrían formar parte de un guión de película de terror. Pero esa es la historia, aquella que algunos no se atreven a mirar, a entender, a recordar y que otros, como el primer ministro, se atreven a minimizar afirmando que se trata de una “teatralización”.

Diversos analistas han coincidido en que el Primer Ministro ha buscado, por un lado,  deslegitimar el informe final de la CVR y, por otro, defender a los miembros de las Fuerzas Armadas en una suerte de “espíritu de cuerpo” con la institución a la que pertenece. Sin embargo, alguien debiera recordarle al señor Oscar Valdés que la polarización que ha buscado enfatizar con un calificativo tan desafortunado como “teatralización” es errado y sobre todo, amnésico.

Empecé a elaborar la tesis de licenciatura decidida a tratar el tema del conflicto armado interno. Como se trataba de una tesis de lingüística me vi en la afortunada necesidad de buscar en el Informe Final narraciones sobre las cuales pudiera sistematizar un tipo (o varios) de discurso. Una vez que escogí las audiencias públicas como el escenario del cual recogería estos testimonios, elegí aquellos de los miembros de las Fuerzas Armadas porque, aunque lo olvide el Primer Ministro, sí los hay y son muy elocuentes.

Así fue que en mi corpus me encontré con los testimonios de oficiales y suboficiales. Conocí, mediante su historia, a un suboficial que sobrevivió a la toma de su local por milagro, a otro que se enfiló en la institución como muestra de lealtad con su hermano, quien falleció a manos de un grupo de senderistas, a otro que se vio en la necesidad de dejar, muy a su pesar, su labor como oficial pues no pudo volver a caminar, a otro que vivió, luego de una experiencia traumática con SL, una separación pues la relación con su esposa e hijo no fue nunca la misma, etc.

Cada historia fue más terrible que la anterior. Cada detalle me abrió los ojos hacia una realidad que parecía ciencia ficción. Cada oración entrecortada por parte del testigo (porque los miembros de las FFAA también se sensibilizan cuando recuerdan estas anécdotas) las tengo guardadas en mi laptop, en un CD y en mi memoria. Y finalmente, durante ese año en que estudié estas narraciones al milímetro me convencí de una cosa: los narradores fueron víctimas.

Y es que a veces se olvida que también los miembros de las Fuerzas Armadas fueron víctimas de ese enemigo común que fue Sendero Luminoso. Olvidamos que por un grupo de personajes que no actuó como debió (y que debe ser sancionado por eso) no se pueden condenar a quienes, heroicamente, se enfrentaron a ese enemigo que desconocían. Hubo víctimas con uniforme y ellos merecen nuestro respeto y también nuestra gratitud.

Por el contrario, quienes buscan hacer y resaltar esta división entre “víctimas de la sociedad civil” y “víctimas de las FFAA”, como hace el Primer Ministro, no contribuyen a un discurso de reconciliación ni de memoria. Cada quien puede tener sus propios recuerdos de lo acontecido pero podemos convenir todos en una cosa: el enemigo fue Sendero Luminoso y las víctimas fuimos todos, civiles y militares, niños y niñas, padres y madres, etc. Algunos, claro, fueron más víctimas que otros. Esos algunos están tanto en la sociedad civil como en el fuero militar.

La polarización es un gravísimo error, sino una perversa agenda oculta. El informe final no contrapone (o antagoniza) a las víctimas. Señala al enemigo común y señala también el porcentaje de víctimas que se debió al mal actuar de ciertos miembros de las fuerzas armadas. Se esperaría, claro, una disculpa por parte de dicha institución debido a aquellos que cometieron estos actos criminales. A ellos, sanción, pero a todo el resto, reconocimiento.

La verdadera “teatralización” es la que hace el Premier Valdés enfatizando una idea innecesaria, afirmando que el Informe Final sataniza a las Fuerzas Armadas y negando la importancia de los testimonios en las audiencias públicas. No hubo una gota de teatralización, lo que hubo fue drama real y eso deberíamos recordarlo todos.

Vivir con memoria

¿Qué es la memoria si no la recopilación de eventos pasados para hacerlos vigentes en el presente? Según la primera acepción de la DRAE, se trata de “la facultad psíquica por medio de la cual se retiene y recuerda el pasado” (el resaltado es mío). Entonces, cuando hablamos de la “falta de memoria” de un país no sólo hablamos del olvido de determinados eventos pasados, sino de la incapacidad de tomarlos en cuenta en el presente, lo cual es aún peor.

Pensaba en la “memoria” a partir del gran tema de la semana pasada: MOVADEF. Un asunto que se debate en el área legal con argumentos ad hoc y,  en el mediático, con otros. La polémica respecto a la intención de MOVADEF por inscribirse como partido político ha “servido” para que se abra el debate en torno a esa supuesta memoria de la que carecemos, según muchos. Pero, me pregunto, ¿de qué memoria carecemos?

Durante la semana que pasó, hemos visto en sets de televisión, medios de prensa escrita, muros de facebook y tuits ligeros un desfile de posiciones disímiles, antagónicas, tercas, apasionadas, acaloradas, ignorantes, simplistas, vacías, falaces, etc., todas respecto de un hecho sobre el cual, se supone, debería haber algún consenso. Tal vez sí hay uno: el conflicto armado destrozó al país. Sí, “destrozó” porque literalmente lo hizo “trozos”. Lo dividió, y no entre buenos y malos, sino entre unos y otros, casi entre todos y todos. ¿Nos hemos recompuesto? No lo creo. Es más, este período nos sigue destrozando cuando escuchamos, de un lado, gritos de quienes afirman que en el Informe Final  de la Comisión de la Verdad se suaviza a los terroristas (afirmación falsa) y, del otro, a quienes toman este documento como una biblia que narra con exactitud (o debiera) lo que ocurrió en dichos años.

Es un informe final y, como tal, busca dar cuenta de un evento específico. Creo que es el documento con mayor legitimidad para realizar esta tarea pues conjuga voces múltiples y, por tanto, abarca una visión más amplia (y por lo mismo más cercana) a esa realidad. Pero es un informe, no es la narración exacta de lo ocurrido. Para hacer memoria, hace falta mucho más que los tomos de este resultado de una comisión que se atrevió a hacer un trabajo que, de saque, era arriesgado. Hace falta, como menciona Roberto Bustamante en este post, hacernos cargo de las condiciones en que se gesta un discurso como el de SL, de las aulas donde surgen inquietudes legítimas que personajes como Abimael Guzmán aprovechan.

Pero no se trata de meter el tema en un texto escolar, de ocupar un capítulo de título “conflicto armado interno”, de mostrar fotos de SL o pasar películas sobre el tema a los alumnos de secundaria. Una vez más, al hablar de educación por la memoria debemos hablar de algo más amplio que de un salón de clases y un profesor dictando una materia. Si algo me queda claro luego de esta semana es que la amnesia no es sólo un asunto de juventudes, sino de todos. Hay jóvenes que no recuerdan Tarata, es cierto, pero ¿y nosotros? ¿Acaso no estamos todos un poco amnésicos? ¿Cómo podemos, los amnésicos, enseñar memoria?

Y acá entra nuevamente la importancia de un discurso. Es imposible hacer memoria o vivir “en memoria” sin un discurso que esté mínimamente concertado por todos. Esto no se trata de ponernos de acuerdo en la cifra de víctimas o en la repartición de ella. Parece que esa discusión nunca llega a ninguna parte. Como si un cero más o menos hiciera más o menos criminal a una organización. Como si quitarlo o ponerlo quitara el dolor de las familias de las víctimas o borrara lágrimas y recuerdos.

Lo que debemos tener clarísimo es que Sendero Luminoso hizo terrorismo y que en su afán por hacer una revolución mataron a quienes dijeron defender. En nuestra democracia no puede haber espacio para quienes defienden una ideología que rompió con las reglas democráticas a las cuales quieren adscribirse ahora, pero sin hacer ningún mea culpa, asumir ninguna responsabilidad e incluso afirmando que, por si acaso, no fueron terroristas, sino que hicieron una revolución (sic). No nos vengan con vainas. Del otro lado, en nuestro discurso colectivo también debiera haber un reconocimiento de excesos cometidos por quienes nos defendieron. La condena a Alberto Fujimori es la demostración máxima de dicha idea. Se cometieron excesos condenables que deben investigarse y ser sancionados.

Pero, sobre todo, el Estado debe asumir dos grandes responsabilidades de una buena vez. Por un lado, tener presente que las condiciones en que se gestó el conflicto siguen vigentes y, por lo mismo, son un riesgo. Hay que revertir dicho escenario. Y, por otro, afirmar con contundencia un discurso de la memoria porque, hasta el momento, respecto al tema MOVADEF el gobierno se ha caracterizado por declaraciones tibias. Tal vez consideren que deben guardar una postura “neutral”. Esto es un craso error. En este tema la neutralidad no sirve para nada. Si queremos hacer memoria, hay que hacerla con claridad. Así, el Estado cumplirá también con su rol educador porque las reparaciones a las víctimas, el espacio físico del Lugar de la Memoria, y la inclusión del período de conflicto en los libros escolares son medidas aisladas sin ningún impacto real si el Estado no camina junto con ellas. No se trata de “educar” con la memoria, sino de “vivir la memoria” empezando en Palacio de Gobierno.

Lamentablemente, lo que hemos visto esta semana es un desfile de memorias distintas sobre el mismo hecho y a cada “memorizador” increpándole al otro por su lectura. Esto no contribuye con ninguna reconciliación (como tampoco la amnistía, por cierto). Se necesita un discurso que compartamos como país. Una identidad que surja a partir de un evento traumático. Para que Tarata deje de ser el nombre de una calle y sea el eco de un recuerdo. No sólo de un atentado, sino del baldazo de agua fría que significó para los limeños porque hubo muchas Taratas antes, pero no en la capital.

Sin un discurso de memoria colectiva seguiremos viviendo el conflicto armado. La única diferencia es que se ha des-armado.

Lima no tan gris

477 años de fundación y se la sigue llamando la gris. Lo es, claro, por este cielo nada acogedor que nos acompaña todos los días. Pero, fuera de él, es muy colorida. Puedes viajar de un punto de la ciudad a cualquier otro y toparte en el camino con paisajes urbanos diametralmente distintos, con miniciudades, cada una de ellas con demandas muy particulares y con necesidades diversas. Con preferencias musicales disímiles y, en ciertos casos, con silencios elocuentes. Puedes incluso aventurarte a descubrir qué clima hay en cada espacio de Lima porque nada garantiza que si por tu ventana viste sol, más allá no te mueras de frío o te asalte la neblina. Puedes encontrarte también con maneras de hablar diversas. Es común, por ejemplo, que en ciertos distritos donde migrantes del interior del país han hecho de Lima su espacio, el castellano andino tan rico (y a la vez tan maltratado por ciertos talibanes del lenguaje) sea una constante. Por otro lado, en algunas playas encontrarás un dialecto que aún no termino de descifrar, donde el lexicón para designar ‘ola’, ‘tabla’, ‘tráfico marino’, ‘hora de almorzar’ ‘excelente maniobra’, etc. es una mezcla de inglés, castellano y mucha creatividad (como dirían ‘es de la witch’). Puedes encontrar los mejores anticuchos en una carretilla ubicada al azar y el mejor pisco sour en la casa de una amiga (me ha pasado).

Puedes toparte con la intolerancia personificada en una calle cualquiera, con la sinvergüencería máxima en el cruce de dos avenidas o en un semáforo pasado por alto por default. Puedes cruzarte con los que juegan golf y los que arman su pichanguita en las lozas de la costa verde en cuestión de minutos. Puedes sorprenderte con el joven que ayuda desinteresadamente a una señora anciana a cruzar la calle y tratar (a veces sin éxito) de hacer entender a otro que ceda su asiento en una combi a una señora embarazada. Puedes descubrir tus habilidades de contorsionista a las 6pm en una couster que va por la Avenida Javier Prado y también poner a prueba tu serenidad cuando te aguantas el puñetazo que querías mandarle a quien por la ventana de su auto lanzó a la pista un paquete de galletas. Puedes toparte con el policía que aprovecha para cobrar coima, sobre todo en fiestas, pero también con los otros tantos que nunca aceptarían una. Puedes encontrarte con los taxistas que entienden lo que significa el verbo “regatear”, para alivio de tu bolsillo, pero también con los que detienen el tráfico para conseguir a un pasajero aún cuando éste no ha dado señas de querer abordarlos.

Por ser mujer, nos topamos con una serie de reglas absurdas y tácitas como “nunca pases delante de una construcción”. Sí, una se topa con cireos gratuitos y muy machistas en cualquier lugar de esta ciudad. Te encuentras también con una serie de locales que sin vergüenza se atreven a poner carteles que dicen “se reserva el derecho de admisión”, como si admitir a alguien fuera un derecho del local y no nuestro. ¿Acaso no es nuestro derecho ser admitidos a donde queramos? Te encuentras con muchas madres que son padre y madre al mismo tiempo y que trabajan todo el día para que a sus hijos no les falten útiles escolares. Claro, del otro lado, te encuentras también a familias abandonadas donde los hijos no lo son nunca y subsisten refugiándose en las drogas, alcohol y pandillas. Te golpea también la historia de Juan, un buen amigo que ha luchado toda su vida por estudiar mientras trabajaba y que, pasado algún tiempo, ha cambiado esa cara de esperanza por una de agotamiento: “de qué sirve si acá todo es vara”, me dice. Pero al mismo tiempo, te topas con todos aquellos que siguen viniendo optimistas a la capital a construir un “futuro mejor” (sic).

Porque con sus contradicciones a veces insoportables, Lima sigue siendo una ciudad de oportunidades. Y es que a Lima no hay que endiosarla, hay que quererla así como es. Acá se mezclan la indignación y la sonrisa, la terquedad y la tolerancia, la sinrazón y la reflexión. Mi Lima, la que conozco hace años, no es tan gris. Es, por el contrario, muy colorida. Es una ciudad que hay que vivirla profundamente y, ojalá, todos lo hiciéramos para mejorarla. Así, tal vez en un futuro, no sólo se la viva (o sobreviva), sino también se la disfrute.

Feliz aniversario, Lima.

Discurso contra la DBA

Es probable que cuando Juan Carlos Tafur mencionó por primera vez a ese sector de la derecha “bruto y achorado” no pensara que, meses después, el término, marketeado en  siglas (DBA) en una columna de Augusto Álvarez Rodrich, sería un poderoso concepto que, respecto a su efecto y no al contenido, casi podría asemejarse al ya célebre caviar. Repito: semejanza en la consecuencia y no en el contenido porque así como los izquierdistas buscan deslindarse de la etiqueta caviar, los aludidos por este concepto DBA ya se pusieron saltones y no es para menos.

No obstante, el director de Diario 16 no sabe que ha hecho aun más que sólo calificar a un sector de la derecha. De hecho, esta suerte de “separación lingüística” de la paja del trigo de la derecha peruana, constituye también un primer paso para la elaboración de un discurso de un sector progresista que no ha sabido posicionar su terminología ni su discurso y, por tanto, su identidad. Ello, en parte, a que la derecha ha estado en el poder lo suficiente como para hacer calar sus discursos a diferencia de la izquierda.

Hace unos días me topé, gracias a un amigo lingüista, con un texto de George Lakoff titulado “Don’t think of an elephant!” (¡No pienses en un elefante!). En este texto, Lakoff utiliza el siguiente ejercicio: Pruebe usted, querido lector, pensar en algo distinto o que no guarde ninguna relación con un elefante a partir de la indicación “no piense en un elefante”. Es imposible. Con suerte, saltarán a su cabeza ideas como marfil, circo, trompa, etc. Todos, conceptos asociados con el animal en el cual le pedí no pensar.

Lakoff utiliza este ejemplo para señalar que, en buena cuenta, en el año 2004 el partido republicano ganó porque, hasta entonces, el demócrata no había logrado crear y difundir un discurso propio, con conceptos propios y con estrategias lingüísticas propias, sino que habían jugado en el tablero político según las reglas de los adversarios, manteniendo el discurso de los adversarios, utilizando sus conceptos y, por tanto, el frame (marco) que éstos presentan.

En el Perú ocurre algo similar. Veamos el caso del caviarismo. Hace bastante tiempo un sector de la derecha (y  algunos de la misma izquierda) ha venido acuñando el término “caviar” como una etiqueta peyorativa que sirve para, en palabras de Adriana Urrutia en Post Candidatos: “designar a los que se consideran representantes de una izquierda debilitada, a quienes se les acusa por defender ideales de igualdad y justicia social (el tema de derechos humanos, por ejemplo) opuestos a su posición social privilegiada.” Al margen de la exactitud, injusticia o pertinencia del término caviar, lo cierto es que éste se posicionó en el imaginario social y con ello se legitimó como un referente de cierto sector de la izquierda. Los discursos no sólo hablan de la realidad, sino que la reflejan y la construyen, por tanto, que un término como caviar se posicione en el discurso político lo vuelve “real” e inaugura con éxito esta categoría en la realidad.

Desde que empezó a utilizarse se notó a aquellos “aludidos” por el término acuñado, deslindándose sistemáticamente. Pero este deslinde fue errado. Como diría Lakoff: no hay peor manera de defenderse del discurso  y terminología del opositor que utilizando el marco de sus propias estrategias lingüísticas. ¿Cuál fue la defensa de los personajes de izquierda que se sentían aludidos con el término caviar?: “No, yo no soy caviar”, “No creo en la existencia de una izquierda caviar”, “No entiendo a qué se refieren con caviar”, “Es injusto calificarnos de caviares”, etc. De este modo, legitimaron el término y, peor aún, sin darse cuenta se autocalificaron de caviares. El deslinde se hizo luego, imposible. A la larga, lo que hacieron con esta errada defensa fue hacer pensar a todos en ese “elefante” que querían eliminar.

Pero ahora, tiempo después, desde la misma derecha (Tafur admite su cercanía a este sector) surge un término que, si bien le hace un favor a la derecha al diferenciar a unos de otros, gran favor le hace a la izquierda que vienen “combatiendo” con la derecha en los términos de la derecha y no en sus propios términos.

Regresando a Lakoff “los progresistas necesitan hacer el trabajo duro de determinar nuestros propios valores y ‘crear un nuevo marco’ en el debate político (…) Lakoff recuerda cómo por un período de 40 años, los radicales de la derecha y sus patrones han invertido muchos cientos de millones de dólares en capacidad de comunicaciones que, esencialmente, han transformado el lenguaje de la política americana. Y, cuando se controla el lenguaje, se controla el mensaje y los medios de comunicación hacen el resto. Nuestro trabajo es crear el marco de nuestros propios valores, visión y misión, evitando atacar los de ellos pues, si lo hacemos, sólo mantendremos sus ideas frente a las nuestras”. Y eso vale para el Perú también.

A fin de cuentas, es necesario, para una democracia sólida, que existan puntos de vista distintos, discursos distintos, soluciones distintas. Así como la derecha debe fortalecerse, la izquierda también. Hacerlo implica difundir (crear, en realidad) discursos propios y vigentes respecto de una agenda progresista. La respuesta no basta. Una agenda discursiva propia es lo que necesitan para entrar al juego como protagonistas y no sólo como contestatarios. Con la importancia de dejar de decir “No” o “pero” y proponer antes que sólo defenderse.

La ventaja es que la DBA lo hace fácil. Tanto, que desde la misma derecha han dado una ayudadita.

Impuesto chatarra

Este fin de semana nos cruzamos en el Peaje de Lurín, en la Panamericana Sur, con el mismísimo Ministro de Salud, Alberto Tejada. En una iniciativa que considero positiva, se acercó al auto y nos dio, a todos los que nos dirigíamos hacia la playa, unos volantes que sugerían que nos protejamos de los rayos del sol y que comiéramos saludablemente. Con el equipo de prensa presente, nos filmaron, nos tomaron foto y sonreímos, todo en cuestión de segundos.

La iniciativa me parece estupenda. Qué mejor que el mismo ministro se te acerque y te aconseje tomar precauciones de verano. Además, puede contestarte las preguntas que le hagas. Esta actividad forma parte del plan de verano de este año en materia de salud, que busca crear conciencia de los riesgos de la exposición excesiva al sol y la necesidad de la alimentación balanceada, entre otros temas. Sobre el asunto de alimentación, sin embargo, hubo una polémica hace unos días cuando el ministro Tejada avaló la sugerencia de Foro Salud de poner un impuesto a la comida chatarra.

Pizza Hut, Mc Donalds, KFC, Bembos, Burger King. No estoy mencionando un conjunto de locales de comida rápida o comida chatarra al azar, estoy recordando mis almuerzos, de lunes a viernes, durante varios meses del año pasado. Lunes de pizza, martes de cuarto de libra, miércoles de combo twister, jueves de hamburguesa alemana o mexicana y viernes de stacker doble. El orden podía variar. ¿Resultado de esos meses? No hubo aumento de peso, pero sí disminución de hemoglobina, de energía, aparición de granos en la cara  y, claro, la sensación de pesadez y agotamiento producto de una terrible alimentación. Lo admito, he sido una adicta a la comida chatarra. Todo empezó como la solución simple a un horario laboral muy complicado y  luego degeneró en una costumbre, una mala costumbre. Por ello, cuando a las 12 de la noche del último día del 2011 me preguntaron cuál sería mi gran resolución del 2012 dije, sin pensarlo, “comer saludable”.

Cuando hace unos días se inició el debate sobre la pertinencia de poner un impuesto a la comida chatarra pensé inmediatamente que era una tontería. Ojo: La comida chatarra no es saludable. De hecho, es una de las razones de la obesidad. En EEUU, por ejemplo, uno de los países con mayor índice de obesidad y en el cual la cultura fast food (junk food) está muy extendida, se estima que el índice de personas con sobrepeso llegará al 75% en el año 2015. Pero, ¿con un impuesto se soluciona el “problema”?

La comida chatarra involucra a los alimentos que no poseen valor nutricional. Brindan azúcar, sal, grasas y calorías, lo cual es necesario para el cuerpo, pero los otorgan en medida excesiva y, nuevamente, sin elementos nutricionales que hagan un balance adecuado en la alimentación. Nunca recomendaría alimentarse únicamente de chatarra ni excederse en el consumo de la misma, y decirlo implica hacer un mea culpa muy sincero, casi avergonzado.

Pero, repito, ¿a qué viene el impuesto?

Algunos han criticado esta medida afirmando que se trata de un parche. Que el impuesto por sí solo no contribuirá con nada ni fomentará una alimentación saludable por parte de los peruanos. No les falta razón. En este, como en otros ámbitos, cuando una medida no va a acompañada de otras como un gran “combo”, no se logra nada. Digamos que el hecho de que un almuerzo en KFC te cueste 4 soles más no hará, necesariamente, que lo cambies por un almuerzo balanceado y nutritivo. Algunos pagarán cuatro soles más, algunos otros buscarán una opción que no será siempre una mejor opción.

A este asunto se añade lo que ya han mencionado varios detractores de la norma: ¿cómo cuernos sabemos qué es y qué no es comida chatarra? Algunos dirán que se define en tanto a su nivel de grasa. Discúlpenme pero, ¿alguien sale a almorzar con su medidor de grasa? ¿Cómo se elaborará esta lista de comida chatarra? ¿Habrá una lista, siquiera, o será un poquitín arbitrario?

Pero el asunto de fondo no tiene que ver con estas dos legítimas razones para estar en contra del impuesto. La verdad del asunto es que este impuesto chatarra es lo más paternalista del mundo. Casi parece que a los ciudadanos un gran padre (Estado) nos llevara de la mano y nos indicara que debemos y que no debemos comer (hacer) eliminando, sutilmente, nuestra libertad de decidir. Porque no es que no sepamos que la comida chatarra no sea saludable, sino que sabiéndolo elegimos comerla por alguna razón.

Si tanto interesa al Ministerio de Salud que dejemos de consumirla (lo cual está muy bien), que se inicie una campaña de concientización sobre la importancia de comer saludable, como hizo hoy el ministro Tejada en el peaje de Lurín. Que utilicen los medios de comunicación para difundir los riesgos de alimentarse desequilibradamente y las consecuencias de ingerir comida chatarra en exceso.

Yo, como ex chatarrera, aplaudiré esta iniciativa. Pero un impuesto que se cobre a los gustos particulares de cada ciudadano es un error. No subestimemos a los comensales. No somos animalitos a los que hay que guiar por la senda del bien, somos seres humanos capaces de pensar y decidir lo que queremos. La libertad del ministerio termina donde empieza la nuestra. Recuerde eso ministro Tejada.

¿Conga ya fue?

Premier Oscar Valdés firma acuerdo con algunos dirigentes cajamarquinos (Andina)

El conflicto desatado contra el proyecto minero Conga en Cajamarca podría convertirse, con razón, en EL evento político del año. De hecho, en algún ranking que circula por ahí, el “Pueblo Cajamarquino” candidatea por ser el “peruano del año”. De alguna manera, los cajamarquinos se han convertido en “los peruanos” del año ya que, con su protesta, no sólo pusieron al descubierto las grandes falencias del ejecutivo respecto al manejo de conflictos sociales, sino que también cortaron cabezas ministeriales y resaltaron el viraje a la derecha de un gobernante que llegó a segunda vuelta concentrando a un electorado que optó por una opción de izquierda y, a palacio de gobierno, prometiendo una “transformación”.

Pero este conflicto, determinante en términos políticos en el 2011, podría serlo también el próximo año ya que la historia no acaba ni con Valdés, ni con acuerdo firmado, ni con ordenanza de inviabilidad revisada por el Tribunal Constitucional. De hecho, para este 2 y 3 de enero (nada más simbólico que una tregua por las fiestas de fin de año) ya se anunció un nuevo paro.

Pero, ¿acaso no se había llegado a un consenso? ¿No se había firmado un acuerdo entre diversas autoridades cajamarquinas y el gobierno central representado, en este caso,  por el nuevo Premier Oscar Valdés? ¿Con eso no basta?

La respuesta sigue siendo “no”. Y ese “no” se sustenta en más que la casi caprichosa negación de Gregorio Santos, Presidente Regional de Cajamarca. Porque una cosa es que Santos se enterque y decida ausentarse en el diálogo con el Premier, y otra muy distinta es que esto traiga como consecuencia la presentación de una ordenanza regional que declare inviable el proyecto Conga. Si bien dicha ordenanza no tendría asidero legal, es un acto de rebeldía y provocación mayúsculo.

Y, ojo, no se trata de justificar el acuerdo al cual llegaron las autoridades el día jueves, sino de legitimar el diálogo como la base de cualquier consenso entre dos partes. Si el Presidente Regional no cesa en su afán de patear el tablero, Conga dejará de ser un conflicto por un proyecto minero y se convertirá (si no se está convirtiendo ya) en una disputa de poderes y legitimidad entre el gobierno central y el regional. Y ahí perdemos todos porque una batalla de este tipo no se sostiene en argumentos, sino en quién grita más fuerte y alcanza mayor eco. Llegar a ese extremo sería peligroso para el gobierno de turno, sin duda.

A esto se suma la participación de empresarios que brindan servicios a Yanacocha,  quienes movilizaron maquinaria pesada el día de ayer, como muestra de rechazo al paro convocado por el Frente de Defensa de Cajamarca. Esta actuación podría colaborar con la postura gubernamental en la zona, pero también podría enfatizar la polarización en una población que, luego del conflicto, sigue preguntándose a quién seguir.

Que las fiestas de fin de año no nos engañen. Este conflicto no acaba el 31 de diciembre. De hecho, podría arrancar con renovada fuerza y nuevo enfoque en el 2012 porque, si bien la ordenanza regional que declara la inviabilidad de Conga podría no ser “legalmente” factible, es políticamente elocuente. Si esta cala en el imaginario cajamarquino, al margen de si el TC la revisa o no, no habrá tinta suficiente para firmar acuerdos con quienes solicitan, legítimamente, que no se altere su medioambiente. Por lo pronto sólo queda decir que, todavía, Conga no “fue”.

¿Discriminando a la lengua o al hablante?

Mapa etnolinguístico del Perú (2010)

Han pasado pocos días desde que la bloguera Pierina Papi denunciara un evidente acto de discriminación realizado por parte del personal de UVK Larcomar contra su amigo Ricardo Apaza, a quien no dejaron reingresar a la sala de cine por su vestimenta. La reacción indignada de muchos ciudadanos, sobre todo en las redes sociales, no se hizo esperar. Este acto  discriminatorio debería terminar en una sanción ejemplar para esta cadena de cines y ello es posible por la ordenanza municipal que en Miraflores prohíbe la discriminación (es el colmo que tenga que existir una ordenanza municipal que castigue este hecho, por cierto).

Sin embargo, como sabemos, asistimos a actos de discriminación a diario. Algunos más evidentes que otros. De hecho, al toparnos con discriminación menos obvia puede parecer menos importante, pero nos equivocamos. Es justo por esta aparente “sutileza” que estos casos persisten, porque a más disimulada la discriminación, más imperceptible y, por lo mismo, más difícil de eliminar.

En su edición de ayer, el diario El Sol de los Andes publicó una nota respecto a los cajeros automáticos del Banco de la Nación en Huancavelica. Éstos se encuentran configurados en inglés, lo que quiere decir que los usuarios insertan su tarjeta y, automáticamente se activa una grabación que indica, en inglés, las instrucciones de utilización del cajero.

Todo bien con querer fomentar el turismo y, por lo mismo, buscar facilitar determinadas operaciones a los turistas, pero ¿acaso era muy difícil incluir también una grabación con indicaciones en castellano? Y, no sólo eso, acá va un dato importante: ¿saben que en Huancavelica más de un 60% de la población es quechuahablante? Si no son monolingües quechuahablantes, son bilingües quechua-castellano que, en la mayoría de casos, tiene el quechua como lengua materna y el castellano como segunda lengua.

Sí, mi pregunta es ¿por qué no se incluyen las indicaciones en quechua también?

Y esto no se trata de un capricho. Tengamos en cuenta que se trata del Banco de la Nación, el banco del Estado. Si hay una entidad bancaria que debería siquiera “intentar” dar facilidades a todos los peruanos, es esta. Pero, además, es poco probable que un turista realice transacciones monetarias con esta entidad bancaria justamente porque es la nacional.

Hoy, los principales perjudicados con este absurdo son los beneficiarios de programas sociales como Juntos y Pensión 65 ya que, debido al paro nacional anunciado por los trabajadores del Banco de la Nación, se ven en la necesidad de acceder a los recursos otorgados por estos programas vía los cajeros automáticos.  Esos mismos cajeros que la mayoría de ellos no utiliza nunca y que, cuando los quieren aprender a usar, les responde con una frase en un idioma que ni siquiera es el oficial del país en que viven. Parece surreal, pero es cierto.

Tal vez algunos piensen que estoy exagerando. No me extrañaría pues me he topado con más de una persona que no ve el problema en que casi se uniformice en castellano a todo el país e, incluso, me he topado con algún sujeto que casi aplaudió cuando le planteaba, preocupada, una posible extinción de alguna de nuestras lenguas originarias. Su argumento fue “¿para qué van a mantener una lengua si no les sirve para nada?”

He ahí el detalle. Más allá del hecho de que cualquier lengua extinta es una forma de ver el mundo perdida (lo cual hace invaluable dicha pérdida), es absurdo creer que una lengua no “funciona” para todos los contextos por una cuestión natural o intrínseca de dicha lengua. No es que el castellano, o el inglés, “funcionen” mejor en todos los contextos, sino que esas son las lenguas que hablan las personas que no son discriminadas y, por tanto, pueden realizar lo que deseen en su idioma. Recordemos que en cualquier caso de discriminación lingüística, como este, no se atenta contra las lenguas, sino contra los hablantes la lengua discriminada.

Veamos otro ejemplo: cuando un monolingüe del quechua es asaltado, va a una comisaría a denunciar el hecho y en la comisaría no hay nadie que entienda su lengua y, por tanto, no puede sentar la denunciar respectiva ni hacer valer esa “justicia” que debería ser igual para todos, no culpemos al quechua. Este ejemplo vale para todas las lenguas originarias, que son muchísimas, en nuestro país.

No basta con “respetar”, en el discurso, la pluriculturalidad en nuestro país. Bueno fuera que ese “respeto” se traduzca en hechos concretos. Hechos tan mínimos como considerar poner una grabación con indicaciones de uso de un cajero automático en la lengua que habla la mayoría de habitantes de determinado lugar. ¿Acaso no hay una ley de lenguas, que fue aprobada por el Congreso, en la cual se dice que las lenguas originarias son oficiales en las zonas donde predominen?

Pero en el Perú ni con ley u ordenanza nos respetamos. Así como Ricardo Apaza en Larcomar, muchos usuarios del BN en Huancavelica se ven discriminados y perjudicados a diario con esta aparente tontería. Esperemos que la enmienden  lo antes posible porque, que sea el banco de la Nación el que cometa un acto como este es el colmo de los colmos.